10.7.09

'Los ejércitos'

Enrique Santos Molano

"Lo que pasa con Evelio es que no es mediático", me dijo una linda e inteligente periodista cuando estábamos comentando la novela 'Los Ejércitos', ganadora del Premio TusQuets de novela (2007), y calificada por 'The Independent', de Londres, como la mejor novela extranjera traducida al inglés.
Supongo que esto de 'no ser mediático' significa carecer de los atributos externos al intelecto necesarios para figurar en las páginas sociales de los periódicos, en las notas y entrevistas de la cultura 'light' y farandulera con que los medios de hoy entretienen a sus lectores, en las fáciles y veloces apariciones en televisión, etc. Desde mediados del siglo pasado, los escritores se debaten entre escribir o figurar y la mayoría de ellos se ha dedicado a lo segundo, a ser mediáticos. Me imagino que León Tolstói, si hubiera nacido ochenta años después, jamás habría escrito 'Guerra y paz'; en cambio, asesorado por un buen agente literario, Tolstói sería un huésped permanente de los medios. O bien, dedicado a escribir 'Guerra y paz', hubiese corrido, como Evelio Rosero, el riesgo de no ser mediático.
'Los Ejércitos' (2007), con independencia de los premios o de los elogios que ha merecido, es una de las grandes novelas mundiales publicadas en esta primera y ya agonizante década del siglo XXI. Su autor, Evelio Rosero, trajina en la literatura desde los años 80, en que publicó 'Ausentes' (1982), premio nacional de cuento de la gobernación del Quindío, y enseguida la hermosa trilogía de novelas 'Primera vez', compuesta por 'Mateo Solo' (1984), 'Juliana los mira' (1986) y 'El incendiado' (1988). La novela 'Plutón' (Espasa-Calpe, 2000) es, semejante a 'Los Ejércitos', una obra maestra, que acierta a desentrañar la complejidad de la vida contemporánea, arruinada por diversos factores que se entretejen: el narcotráfico, la corrupción, la violencia urbana y la infidelidad conyugal.
Evelio Rosero posee el secreto, vital para un novelista, de crear atmósferas. En 'Los Ejércitos' no le basta plantear el enfrentamiento de 'los actores del conflicto', como los ha catalogado el conocido eufemismo. Desenmaraña las causas y los efectos de ese conflicto sangriento y diabólico en el que ángeles y demonios exterminadores acaban con las ilusiones sencillas, los sueños simples, las libidinosidades inocentes y la vida física de un pueblo.
Sin que se dé cuenta, el lector es conducido de un mundo entre risueño y monótono a una estremecedora tragedia griega. Una atmósfera de horror va envolviendo, al paso de las páginas, a los personajes del libro, y al lector con ellos. La sutileza con la que se van esparciendo los vapores venenosos de la violencia no atenúa, por el contrario, intensifica el espanto de una realidad que supera toda ficción.
Nadie que lea el párrafo introductorio de la novela, "Y era así: en casa del brasilero las guacamayas reían todo el tiempo; yo la oía, desde el muro del huerto de mi casa, subido en la escalera, recogiendo mis naranjas, arrojándolas al gran cesto de palma; de vez en cuando sentía a las espaldas que los tres gatos me observaban trepados cada uno en los almendros, ¿qué me decían?, nada, sin entenderlos. Más atrás mi mujer daba de comer a los peces en el estanque: así envejecíamos, ella y yo, los peces y los gatos, pero mi mujer y los gatos, ¿que me decían? Nada, sin entenderlos", nadie imaginará que ese profesor Ismael , ya en edad de jubilación, que además de recoger sus naranjas en el huerto, distrae la vista en la contemplación gozosa y nostálgica del noble espectáculo que su bella vecina Geraldina, la esposa del brasilero, le brinda "completamente desnuda, tumbada bocabajo en la roja colcha floreada", terminará, junto con su mujer y la hermosa vecina desnuda y los tres gatos y los peces y el pueblo entero, metido en el berenjenal sanguinario que arman los ejércitos de ángeles y demonios exterminadores, de soldados, de guerrilleros y de paramilitares, de señores del narcotráfico, que en defensa cada uno de sus "principios", defensa a sangre y fuego, no se destruyen entre ellos, sino que asuelan y hacen polvo una población de gentes sencillas, comunes y corrientes, que llevaban una vida tranquila antes de que irrumpieran los ejércitos para protegerlos.
Este resumen no dice mucho, ni podría hacerlo, de la prodigiosa habilidad de Evelio Rosero en el manejo psicológico de sus personajes y de las situaciones que van creando la atmósfera letal de 'Los Ejércitos'. Esa sensación no es transferible desde una columna de periódico, y sólo en las páginas del libro la experimentará el lector en toda su intensidad dramática. "Lo que pasa con Evelio es que no es mediático." Es el mejor elogio que he oído acerca de un gran escritor en nuestros días.


fuente:http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas

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