10.11.09

Necrópolis, de Santiago Gamboa

Necrópolis, de Santiago Gamboa, ganó en octubre el Premio de novela La otra orilla, 2009. El libro, 455 páginas, acaba de ser publicado por el Grupo Norma tanto en España como en América Latina.

Por: Héctor Abad Faciolince

“¿Puedo preguntarle si su historia es verdadera? Ah, todas las vainas bien contadas son verdaderas.” Necrópolis, p. 444

La más reciente novela de Santiago Gamboa se presenta como una telaraña de cuentos contemporáneos. Éstos, por diversos que sean, están atravesados por una temperatura común y unos temas que vuelven, como ocurre en las grandes sinfonías: la amistad y la traición a la amistad, el sexo y la droga como calmantes al agobio del miedo y la violencia, la angustia ante la proximidad de la muerte en un mundo que parece acercarse a la destrucción. Cada cuento repite, además, un pequeño leit-motiv, como las marcas de agua en los billetes, que funcionan como guiños de autor: el nombre Ebenezer, que regresa siempre, los humildes sánduches de pollo y las largas duchas de agua caliente que funcionan, en los personajes, como una necesaria y purificadora lluvia bautismal.

Cubierta española de Necrópolis

Todos los relatos que componen el libro están contenidos por una historia mayor que los enmarca como el castillo asediado por la peste en el Decamerón de Boccaccio: un congreso de biógrafos que se celebra en el hotel más lujoso de Jerusalén, el King David. Toda la ciudad, y el hotel mismo, están sitiados por la más característica de las pestes modernas: la guerra. Los hechos suceden en un hipotético futuro muy próximo al presente. Mientras los ponentes hablan durante el congreso, las bombas, las granadas, lo golpes de obús y los restos de metralla, arrecian cada vez más cerca, con un creciente tono apocalíptico.

El narrador es un convaleciente escritor colombiano que ha pasado algunos años enfermo, alejado del mundo. Después de un tiempo de éxito profesional, su vida parecía haber caído en una pendiente de fracaso y decadencia, como tantas veces ocurre en la carrera de un escritor. La invitación a Jerusalén parece una promesa de rescate y renacimiento. Las ponencias del Congreso de Biógrafos son transcritas o narradas por este primer narrador.

La fauna que asiste al congreso no puede ser más variopinta, como un resumen del mundo contemporáneo. El más importante de ellos es una especie de pastor evangélico milenarista, José Maturana, que culmina su performance en el Congreso (la tremenda biografía de un pastor latino en Estados Unidos) con un suicidio sangriento y teatral, tan teatral que el narrador duda si no se tratará más bien de un asesinato y por momentos la novela toma el rumbo de una narración policíaca.

Hay una actriz porno internacional (ítalo-franco-mexicana), Sabina Vedovelli, con un turbio pasado de drogadicción y un presente luminoso de empresaria multimillonaria. Algunos escritores ansiosos de reconocimiento editorial, enfermos de envidia y vanidad (Supervielle). Un judío colombiano, Moisés Kaplan, que narra o inventa una tremenda aventura en los Llanos de Colombia, “El sobreviviente”, en una reconstrucción con gran ritmo narrativo de una especie de Conde de Montecristo tropical. Sólo este capítulo podría convertirse, sin mayores dificultades, en una exitosa película que resuma muchas miserias colombianas actuales: mafia, guerrilla, paramilitares…

De todas las narraciones que se entrelazan en Necrópolis mi preferida es la noveleta intercalada (una biografía escrita por Supervielle) que cuenta la historia de dos grandes ajedrecistas (inventados, pero parecen más reales que Fisher) europeos del siglo 20: “La variante Oslovski & Flø”. Creo que esta nuovelle puede entrar con plenos derechos en esa hermosa saga colectiva que son las novelas de ajedrez, desde el maravilloso cuento de Stefan Zweig, pasando por La Defensa de Nabokov, hasta la muy buena italiana de Mauresing, La variante Lünenburg, y la mucho más que entretenida Tabla de Flandes de Pérez-Reverte. Lo que más me gusta en esta noveleta de Gamboa es que la variante de su historia no se refiere exactamente a algún sacrificio o alguna disposición de las torres en el tablero, sino a una actitud ante la vida: la del abandono de la competencia que se realiza en la verdadera amistad. Y no les digo más. Este capítulo se puede leer incluso de un modo aislado, como si fuera un cuento, y les aseguro que no los va a decepcionar.

Hay muchas historias en Necrópolis, algunas de fuerte contenido erótico (o pornográfico, si prefieren que no se usen medias palabras), como la autobiografía de Vedovelli, con buenas reflexiones sobre la nuda y pura sexualidad; otras con mucha carga poética, como el breve relato del mismo narrador del libro, un cuento que yo ya había oído de la boca de Santiago en un congreso al que asistimos juntos en el inmenso hotel de un misterioso balneario de Portugal, Póvoa de Barzim. Debo confesar, sin embargo, que la narración oral de Gamboa, aquella vez, era incluso mejor que su relato escrito en Necrópolis. O quizá sería la fuerza de la voz, o las pausas dramáticas del silencio lo que hacen que en mi recuerdo sea aún mejor. Se trata, en todo caso, de las últimas horas de un piloto sobre el Atlántico, que se sabe condenado a morir, y que mitiga su angustia mediante la poesía. Y no les cuento más.

En esta novela Santiago Gamboa demuestra otra vez que quizá ninguno como él, entre los narradores colombianos contemporáneos, domina con más perfección el ritmo de las historias, los recursos narrativos para conseguir que nunca decaiga la atención. Su prosa es como un río de corriente rápida, que sortea con rapidez cualquier escollo, que te lleva de la mano hasta el final sin que siquiera te des bien cuenta de lo que ha pasado. No es posible aburrirse un solo instante; hay grandes hallazgos y enormes sobresaltos; hay osadía en la exposición de los motivos y en la justificación de lo más sórdido. Hay, en resumen, un gran escritor que una vez más se merece un decidido aplauso por su insólita capacidad de narrar con viveza y de inventar con pasión y lucidez.

fuente: elespectador.com

1.11.09

Entre la farsa y la tragedia

El argumento se pone en marcha cuando Karl Marx, el visionario de la casa de Maitland Park Road, seduce a su hija en tiempos de la Primera Internacional Socialista y culmina, casi treinta años más tarde, al suicidarse ella en tiempos de Sherlock Holmes.
Karl Marx con su hija Eleanor (centro) y Friedrich Engels
Carlos Franz
Dicen -los que no han ido a la fuente- que Karl Marx habría escrito, en El 18 Brumario de Luis Bonaparte , que cuando la historia se repite lo hace como farsa. En realidad KM escribió que "Hegel diría" que la historia se repite: "Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa". Por eso somos ridículos cuando intentamos cambiar la historia invocando el pasado. Sólo el marxismo escaparía a ese determinismo, por la puerta del futuro. "La revolución social [...] no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir." (Los diagnósticos de KM solían ser superiores a sus remedios.)
El señor Marx no está en casa , la novela de Ibsen Martínez (Caracas, 1951), parodia aquel aserto marxiano. Su narrador quiere escribir una obra de teatro basada en la relación de Karl con su hija Eleanor, la talentosa y atormentada "Tussy", que renunció al amor por órdenes de su papá -que no renunciaba a ningún amor-, y que acabó malcasada con un estafador y suicidándose en 1898. El narrador conjetura que Tussy terminó de ese modo porque, en su adolescencia, habría sido víctima de aquello que la cursilería en boga llama "agresión sexual intrafamiliar". "El argumento se pone en marcha cuando Karl Marx, el visionario de la casa de Maitland Park Road, seduce a su hija en tiempos de la Primera Internacional Socialista y culmina, casi treinta años más tarde, al suicidarse ella en tiempos de Sherlock Holmes." El drama de Eleanor estaría servido para una obra de teatro que revisaría incógnitas históricas a la luz de nuestras certezas presentes. El narrador sueña escribir esa tragedia que, de pasada, lo reivindicaría como "autor serio", lo convertiría en un Tom Stoppard caribeño. Pero no puede porque las telenovelas que debe escribir para ganarse la vida interrumpen y arruinan su proyecto. El narrador intenta escribir una tragedia. Pero le sale una farsa: esta novela.
Incapaz de urdir su utopía teatral, opta por entregarnos los fragmentos del drama frustrado, revueltos con el argumento de su propio fracaso vital como teledramaturgo y amante caribeño. Los amores complicados, las enfermedades y las ambiciones burguesas del "culebronero" venezolano, contados con implacable autoironía, se alternan con documentadas reconstrucciones del Londres victoriano y evocaciones de la vida del filósofo, tan grandiosa en aspiraciones y tan miserable en sus limitaciones. El contraste es francamente cómico (con esa pizca de dolor auténtico que exige el buen humor).
Hoy, caído el marxismo de sus pedestales en todos sitios (excepto Cuba, Corea del Norte y algunas universidades estadounidenses), el egoísmo familiar de KM (que embarazó a su sirvienta y luego la separó del hijo bastardo enviándolo a criarse con una familia proletaria) interesa poco como inconsecuencia ideológica. Incluso una hipotética pederastia incestuosa con su hija no suscita mucho más escándalo (porque ya no esperamos más de él que de cualquier otro filósofo, "humano, demasiado humano"). Es la estrategia narrativa y el estilo lo que hacen del libro de Ibsen Martínez un triunfo.
La estrategia: fracasar "anticipadamente" en la ambiciosa teatralización de la disfuncional familia Marx, resignarse a no interpretar el pasado con "la poesía del futuro", salva al autor de caer en la tram(p)a marxista, precisamente: creer que la historia tiene leyes discernibles y unívocas. Es preferible un honesto tropezar con los escombros a la ilusa construcción de una dialéctica ( malgré Hegel).
El estilo: aquella inseguridad en las estructuras históricas y dramáticas propicia la soltura verbal de esta novela. Todos los recursos del culebrón humanizan el egoísmo de KM y la neurosis de su hija. La escena en que un viejo Karl forunculoso se emborracha para atreverse a conocer a su hijo bastardo, o el suicidio de Tussy, inducido por su grotesco amante, se nos narran como el melodrama que sólo una farsa puede representar. A veces, a la manera de un libreto televisivo, los diálogos llevan entre corchetes una indicación perentoria: "[Risas]". Allí, donde el respetable público lector debería reír, es precisamente donde la farsa se muerde la cola. Donde vuelve a ser tragedia. Pero tragedia menor: íbamos a cambiar la historia del mundo, en nombre del futuro. Y no pudimos cambiar ni la historia de nuestra familia. Íbamos a escribir un drama aleccionador y la vida nos dio una lección. La "poesía del porvenir" reside en ignorarlo.
© Letras Libres
El señor Marx no está en casa Por Ibsen Martínez. Editorial Norma. 269 Páginas.

12.10.09

¡El horrorismo! ¡El horrorismo!



En un libro ecléctico, que incluye tanto ensayos y artículos publicados entre 2001 y 2007 como dos cuentos “desde el otro punto de vista”, Martin Amis aborda el mundo posterior a los atentados del 11 de septiembre, el fundamentalismo islámico y la confusa reacción de Occidente.

Rodrigo Fresán

El horror! ¡El horror!”, susurra el agónico Kurtz al final de El corazón de las tinieblas. Y en el último aliento de sus palabras vuela y se estrella, para él, la imposibilidad de comunicación entre culturas tan diferentes que, por momentos, se antojan interplanetarias. El Africa de Conrad es el Islam de Martin Amis donde –a partir del 11 de septiembre de 2001– el adiós de Kurtz muta a “¡El horrorismo! ¡El horrorismo!”. Porque para el autor de Campos de Londres, el término terrorismo (“... la comunicación política por otros medios”) ya no es suficiente para definir lo ocurrido aquella brillante y oscura mañana en la que, para muchos, comenzó el siglo XXI y el Tercer Milenio y –mal que les pese a Fukuyama & Co.– se reactivaron los motores de la Historia.
Así, lo más interesante de El segundo avión es el modo en que un habitual narrador de ficciones se enfrenta a una realidad que pocas imaginaciones se atreverían a imaginar. Amis –quien antes de recopilar este puñado de relatos, ensayos, reseñas de libros y películas sobre el tema y artículos, entre ellos su muy comentado profile de Tony Blair, ya había hecho suya la imagen del avión como juguete del destino en su novela Perro callejero e iluminado las sombras del totalitarismo ideológico en Koba el Temible y La casa de los encuentros– siente que tiene muchas cosas para decir. Y se ajusta el cinturón de seguridad y las dice todas sabiendo que más adelante, enseguida, le espera un cielo cargado de nubes y rayos y turbulencias.
En este sentido, la lectura de El segundo avión será –para más de uno acostumbrado a volar en PC Jet, la aerolínea de lo políticamente correcto– un viaje agitado e incómodo. El comandante Amis –como V. S. Naipaul, otro consagrado detestador de la mística de lo que denomina como “multiculti”– no duda en lanzar por los altoparlantes palabras sin falso consuelo y pensamientos sin billete de vuelta al pasaje. Y su mensaje es uno y no permite duda alguna: “Miren por la ventanilla el sitio en el que, de seguir las cosas como están, todos nos estrellaremos”.
Bienvenidos a la planetaria Zona Cero donde la película que se proyectará es aburrida en el peor sentido de la palabra; porque Amis entiende al aburrimiento no como “el tipo de aburrimiento que afecta al displicente y al amanerado, sino un aburrimiento superlativo, que acrecentará y complementará los terrores superlativos del asesinato-en-masa-suicidio”. En resumen: Amis nos anticipa que nos acostumbraremos a vivir en el terror, que el terror acabará aburriéndonos y que el quid de la cuestión reside en que “el aburrimiento es algo que el enemigo no siente” porque el fanatismo fundamentalista no cree en esas cosas. De este modo –entre 2001 y 2007– El segundo avión registra el recorrido y los muchos aeropuertos de un turista que va notando cómo las cosas cambian, cómo cambia él mismo (de paloma temblorosa a halcón indignado) y cómo aumentan los controles de seguridad para que todo siga más o menos igual. Porque nada se modificará si no se modifican los aspectos de fondo que, se sabe, suelen ser inmodificables. Léase: para Amis, el cambio sólo resultará de la revisión de actitudes sociales y de convencimientos religiosos causando el “sufrimiento” de la comunidad musulmana para, recién después, poder “poner la casa en orden”. Algo que no ocurrirá hasta que, por ejemplo, las mujeres islámicas se pongan de pie, derriben las murallas del califato sexual y reclamen lo que es suyo.
Mientras tanto y hasta entonces, advierte Amis, el Islam crece demográficamente a la vez que, en la introducción, aclara: “No soy un islamófobo. Lo que soy es un islamismófobo, o, mejor, un antiislamista, porque una fobia es un miedo irracional, y no es irracional temer a alguien que dice que quiere darte muerte. El enemigo más general es, por supuesto, el extremismo. ¿Qué ha hecho el extremismo por cualquiera de nosotros? ¿Dónde están sus dádivas a la humanidad?”.
De ahí –de este tono– que hayan sido muchos los críticos de El segundo avión que acusaron a Amis de “ser un hombre confundido que se ha dejado seducir por sus ángeles más oscuros” o un “inocente ingenuo” que “confunde el insulto con el análisis” o alguien que “queriendo ser Bellow acaba siendo Mailer”, que “debería intentar explicar eso del aburrimiento a un familiar de alguien muerto en el World Trade Center y a ver qué le dice” y que “más le vale dedicarse a la ficción” y reservar “pretendidamente ingeniosos análisis numerológicos” y percepciones literarias y su prosa púrpura para asuntos menos escarlatas. Adelantándose a semejante sugerencia, Amis ha incluido aquí dos relatos de negrísimo humor –“En el Palacio del Fin” y “Los últimos días de Mohammed Atta”– donde, de algún modo, y con gran estilo, se “pasa al otro lado”. En ellos, Amis cuenta los padecimientos casi psicóticos del doble del hijo de un dictador sin nombre, pero que no puede ser otro que Saddam Husseim, y lo que ocurre dentro de la cabeza de un terrorista listo para estrellarse contra una de las torres del World Trade Center y –como en uno de los últimos cuentos de su admirado John Updike sobre el mismo tema–, la lujuria reprimida y una sobredosis de pecado parecen ser el combustible inspirador de tanta sangre derramada. De este modo, parece, somos víctimas más de una crisis de masculinidad que de un choque de ideas.
En una de las piezas de El segundo avión, Amis se queja de los padecimientos sufridos a la hora del ckeck-in antes de viajar de Montevideo a Nueva York y sonríe, resignado, ante lo poco eficaz de la maniobra. Muchos condenaron y condenarán a El segundo avión por demostrar la misma ineficacia, algo de soberbia y –gajes y taras del oficio– hasta de tener toda la razón por las razones incorrectas y de proponer buenas teorías que acaso se nutran demasiado de la imaginación privilegiada de un viajero que, pasaporte en mano, sabe que en cualquier momento puede tocarle a él. Y entonces experimentar, en carne propia, lo que experimentó en mente propia, como espectador, hace ocho años: “La llegada del segundo avión, rasgando el cielo en vuelo bajo sobe la Estatua de la Libertad: ése fue el momento definitivo (...) No he visto nunca un objeto genéricamente familiar tan transformado por el afecto (“emoción y deseo como conducta que ejerce una influencia”). Aquel segundo avión parecían tan afanosamente vivo, y animado por la maldad, y absolutamente extranjero. Para los millares de personas que estaban en la Torre Sur, el segundo avión significó el fin de todo. Para nosotros, su fulgor fue el fogonazo mundial del futuro que nos aguardaba”.
Podría afirmarse entonces que El segundo avión es un libro encandilado por ese fogonazo. De acuerdo. Pero también es un libro incandescente que se alimenta de ese mismo fuego que no ha dejado de arder. Y de quemar. Un fuego que –a unos y a otros, ahí arriba somos todos iguales– nos hace más que recordarnos la inquietud que experimentamos en el departure, rezando u orando por un arrival sin complicaciones mientras flotamos, entre nubes de tormenta, rodeados por las tinieblas del corazón y, apocalipsis ahora, tal vez con Kurtz sentado en el asiento de al lado.
//pagina12.com.ar http://mislecturascontrariadas.blogspot.com

6.10.09

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4.10.09

Llegó el momento de inventar el libro

¿Qué pasaría si la mayor novedad cultural no fuera digital, sino producto de la imprenta? Tal la hipótesis que plantea el escritor mexicano


Max Daltón

Juan Villoro
México D.F., 2009
¿Qué tan novedoso debe ser un invento? La importancia de un producto suele depender de su capacidad de sustituir a otro. La tecnología necesita contrastes; sus aportaciones se miden en relación con lo que había antes. El inventor es el hombre que llega después.
Lo nuevo existe en serie: es la última parte de una secuencia, requiere de algo que lo anteceda. Esto lleva a una pregunta: ¿Podemos inventar hacia atrás? ¿Qué pasa si le asignamos otro orden a la historia de la técnica?
Imaginemos una sociedad con escritura y alta tecnología, pero sin imprenta. Un mundo donde se lee en pantallas y se dispone de muy diversos soportes electrónicos. Abundan los receptores de textos e incluso se han diseñado pastillas con resúmenes de libros y métodos hipnóticos para absorber documentos. Esa civilización ha transitado de la escritura en arcilla a los procesadores de palabras sin pasar por el papel impreso. ¿Qué sucedería si ahí se inventara el libro? Sería visto como una superación de la computadora, no sólo por el prestigio de lo nuevo, sino por los asombros que provocaría su llegada.
Los irrenunciables beneficios de la computación no se verían amenazados por el nuevo producto, pero la gente, tan veleidosa y afecta a comparar peras con manzanas, celebraría la ultramodernidad del libro.
Después de años ante las pantallas, se dispondría de un objeto que se abre al modo de una ventana o una puerta. Un aparato para entrar en él.
Por primera vez el conocimiento se asociaría con el tacto y con la ley de gravedad. El invento aportaría las inauditas sensaciones de lo que sólo funciona mientras se sopesa y acaricia. La lectura se transformaría en una experiencia física. Con el papel en las manos, el lector advertiría que las palabras pesan y que pueden hacerlo de distintos modos.
La condición portátil del libro cambiaría las costumbres. Habría lectores en los autobuses y en el metro, a los que se les pasaría la parada por ir absortos en las páginas (así descubrirían que no hay medio de transporte más poderoso que un libro).
La variedad de ediciones fomentaría el coleccionismo; los pretenciosos podrían encuadernar volúmenes que no han leído y los cazadores de rarezas podrían buscar títulos esquivos y acaso inexistentes. Sólo los tradicionalistas extrañarían la primitiva edad en que se leía en pantalla.
En su variante de bolsillo, el libro entraría en la ropa y sería llevado a todas partes. Esta ubicuidad fomentaría prácticas escatológicas en las que no nos detendremos. Baste decir que acompañaría a quienes necesitaran de distracción para ir al baño.
Las más curiosas consecuencias del invento tardarían algún tiempo en advertirse. Una de ellas está al margen de la ciencia y la comprobación empírica, pero sin duda existe. El libro se mueve solo. Lo dejas en el escritorio y aparece en el buró; lo colocas en la repisa de los poetas románticos y emerge en un coloquio de helenistas. Las bibliotecas no conocen el sosiego.
El hecho de que incluso los tomos pesados se desplacen sin ser vistos representaría un misterio menor, como el de los calcetines a los que se les pierde un par en el camino a la azotea, si no fuera porque los libros se mueven por una causa: buscan a sus lectores o se apartan de ellos. Hay que merecerlos. El password de un libro es el deseo de adentrarse en él.
Las pantallas son magníficas, pero les somos indiferentes. En cambio, los libros nos eligen o repudian.
Otras virtudes serían menos esotéricas. ¡Qué descanso disponer de una tecnología definitiva! El sistema operativo de un libro no debe ser actualizado. Su tipografía es constante. Eso sí: su mensaje cambia con el tiempo y se presta a nuevas interpretaciones.
Para quienes vivimos en tristes ciudades en las que se va la luz, como México D.F., el libro representa un motor de búsqueda que no requiere de pilas ni electricidad.
Qué alegrías aportaría el inesperado invento del libro en una comunidad electrónica. Después de décadas de entender el conocimiento como un acervo interconectado, un sistema de redes, se descubriría la individualidad. Cada libro contiene a una persona. No se trata de un soporte indiferenciado, un depósito donde se pueden borrar o agregar textos, sino de un espacio irrepetible. Llevarse un libro de vacaciones significaría empacar a un sueco intenso o a una ceremoniosa japonesa.
Con el advenimiento del libro, la gente se singularizaría de diversos modos. Esto tendría que ver con los plurales contenidos y la manera de leerlos, pero también con el diseño. Los fetichistas podrían satisfacer anhelos que desconocían.
¿Hasta dónde podemos apropiarnos de un artefacto? El libro es el único aparato que se inventó para ser dedicado, ya sea por los autores o por quienes lo regalan. Qué extraño sería instalar un programa de Word que comenzara con una cariñosa dedicatoria a la esposa de Bill Gates. En cambio, el libro llegó para ser firmado y para escribir un deseo en la primera página.
Las novedades deslumbran a la gente. El libro ya cambió al mundo. Si se inventara hoy, sería mejor.
© LA NACION

26.9.09

Vidas honorables

Por: Juan Esteban Constain
A veces un libro extraordinario se consume en la soledad de unos pocos lectores (o en la de unas cajas, o en la mesa voraz de un editor), mientras otros, aterradores, van por el mundo recogiendo alabanzas y vendiendo indulgencias.
Le pasó a El Gatopardo, por ejemplo, que es quizás la mejor novela italiana del siglo XX y una de las reflexiones más bellas sobre la estupidez humana y la necedad del poder y la Revolución. Su autor era Giuseppe Tomasi di Lampedusa, un príncipe siciliano que pasaba sus días (maestro) comiendo dulces y leyendo a los clásicos. Pues escribió su novela magistral, y la mandó a sendas editoriales de Italia que la rechazaron con desdén: ese libro tan raro y tan bueno no se iba vender. El Príncipe murió, y sólo un año después la Feltrinelli lo puso en la vitrina gracias a la hija de Benedetto Croce. Así nació un clásico.
Ha habido en Colombia libros así. No sólo en la literatura (las Notas de don Nicolás Gómez Dávila o las traducciones homéricas de López Álvarez; los ensayos de Mendoza Varela), sino también en la historia o en la sociología. Libros como El pensamiento colombiano en el Siglo XIX, de Jaime Jaramillo Uribe, o como El Poder Político en Colombia de Fernando Guillén Martínez; como La Revolución en América de Álvaro Gómez Hurtado, o Bizancio el dique iluminado de Álvaro Uribe Rueda: libros reveladores, en fin, que logran darle a nuestro pasado una explicación llena de lucidez, que no concede con las modas y las imposturas, y las tonterías, que se tejen por igual en la Ciencia y las ideologías.
Hay un libro así, estupendo, que ha pasado completamente inadvertido en Colombia. Se llama Vidas Honorables y lo escribió Victor M. Uribe-Urán. En él se nos explica cómo el ejercicio del Derecho y sus prerrogativas burocráticas, fue en nuestra historia (1780-1850) un procedimiento cultural, no necesariamente económico, para la configuración y la manipulación del poder político, y para obtener desde la abogacía un reconocimiento social hereditario y casi sacramental; casi mágico y religioso. Tanto, que muchos de nuestros próceres de la Independencia no eran sino eso, tinterillos y burócratas a la española, que hicieron la Revolución desde el poder y para seguir exprimiéndolo. Funcionarios y aristócratas y primos, los descendientes de Don Pelayo, que se revelaron para que los dejaran donde estaban. Como El Gatopardo.
Un libro excelente este de las Vidas Honorables, aunque como dice mi amigo Gabriel García, “con ese título no puede ser sobre colombianos”.
Si tiene alguna pregunta sobre historia envíela a notastacitas@gmail.com
Fuente:http://elespectador.com http://mislecturascontrariadas.blogspot.com

24.9.09

Cada libro en su lugar


Por Alberto Manguel
Unas pocas semanas antes de Navidad, me dijeron que debía operarme de urgencia. Sin darme tiempo a hacer la maleta, me encontré en un cuarto adusto y aséptico, ansioso y sin libros. Pasar unos diez días convaleciente en el hospital sin nada para leer me pareció un castigo al límite de lo soportable y cuando mi compañero me propuso traerme de casa algunos volúmenes, acepté agradecido. ¿Pero cuáles elegir?
El autor del Eclesiastés nos enseña que para todas las cosas “hay sazón” y que todo tiene su tiempo determinado; igualmente, sabemos que cada ocasión tiene su libro. Pero no todo libro, por supuesto, conviene a cualquier momento de nuestra vida. Compadezco al pobre lector que se halle con el libro equivocado en un percance difícil, como le ocurrió al pobre Amundsen, descubridor del Polo Sur, cuyo bolso de libros se hundió en los hielos y se vio obligado a leer, noche tras helada noche, el único volumen que pudo rescatar, un indigesto tratado del Dr. Gaudens titulado Retrato de Su Sagrada Majestad en Sus soledades y sufrimientos. Es que hay libros para leer después de hacer el amor y libros para armarse de paciencia en el aeropuerto, libros para la mesa del desayuno y libros para el cuarto de baño, libros para las noches de insomnio en casa y para los días de insomnio en el hospital, y no pueden ser intercambiados. Nadie, ni siquiera su propio lector, puede explicar cabalmente cuáles libros convienen a cierto momento y cuáles no. De manera misteriosa, algo inefable hace que ocasiones y libros se acuerden o se opongan.

La lista de libros que Oscar Wilde pidió para acompañarlo en la cárcel de Reading incluyeron La isla del tesoro y un manual de conversación franco-italiano. Alejandro Magno partía a sus campañas con un ejemplar de la Ilíada de Homero. El asesino de John Lennon consideró que un buen libro para tener en el bosillo al cometer un crimen es El cazador oculto de J. D. Salinger. No sé si los astronautas se llevan a bordo las Crónicas marcianas de Ray Bradbury o si, por el contrario, prefieren Los alimentos terrestres de André Gide. Si el risueño Bernard Madoff acaba en prisión ¿pedirá acaso La pequeña Dorrit de Dickens para enterarse de cómo el señor Merdle, ese sutil estafador, incapaz de soportar la vergüenza al ser descubierto, acaba cortándose el cuello con una navaja prestada? El Papa Benedicto XVI ¿se retirará a su studiolo en el Castelo Sant’Angelo con Bubú de Montparnasse de Charles-Louis Philippe, para estudiar cómo la falta de preservativos ocasiona una epidemia de sífilis en el París de fin-de-siècle? Prosaico, G. K. Chesterton imaginó que, si estuviese naufragado en una isla desierta, desearía tener consigo un Manual de construcción de embarcaciones. Y a mí ¿qué libros me convendrían para mi forzado retiro?

No soy un usuario del libro electrónico, ese libro de arena que se ufana de ser casi inagotable y que, por lo tanto, no me obligaría a elegir; en momentos traumáticos me hace falta la consolación del papel y de la tinta. Hice una lista de posibles candidatos. Descarté algunas categorías obvias: novelas que no había leído aún, porque no quería correr el riesgo de que faltasen a mi propósito; ensayos científicos, porque temí que mi cerebro, ablandado por la anestesia, se mostrase más reacio que de costumbre a la asimilación de elucubraciones clínicas; por la misma razón, no elegí el género policial que, en tiempos normales, tanto aprecio. Tampoco las biografías: me pareció que en mi estrecha cama de hospital no habría lugar para otras vidas.

Acabé anotando cuatro tipos de lecturas que me parecieron adecuados:

• Libros que son antologías, generosos y fragmentarios. Pienso en los cuadernos de Samuel Butler, El libro de la almohada de Sei Shonagon, Religio medici de sir Thomas Browne, Memoria del fuego de Eduardo Galeano, Las ciudades invisibles de Italo Calvino.

• Una obra meditativa, melancólica, suavemente filosófica, como los ensayos de Jean Cocteau, La dificultad de ser, o esas iluminadas reflexiones sobre el Quijote de Javier Rodríguez Marcos, Los trabajos del viajero, o Los sueños de Einstein de Alan Lightman. Pensé asustar a las enfermeras dejando sobre mi mesa los tratados de Schopenhauer cuyo título combinado da Dolor y sufrimiento hasta la muerte, pero no me atreví.

• Un libro para hacerme sonreír: Alicia en el país de las maravillas, Tristram Shandy de Laurence Sterne, Pnin de Vladimir Nabokov, Historia universal de la infamia de Borges, Tres hombres en una barca de Jerome K. Jerome.

• Un libro de poesía: de Richard Wilbur, Quevedo, Javier Codesal, san Juan de la Cruz, Anne Carson... Para no tener que elegir un solo nombre, quizás convendría una colección ecléctica, como la Poesía barroca de J. P. Hill y E. Caracciolo-Trejo, fuente de infinito placer.

Los libros que elegí para esas largas semanas (fueron cuatro y no quiero nombrarlos) contienen ahora el diario de mi convalecencia. Abriéndolos en el futuro sabré cómo velaron a mi lado, hablaron conmigo cuando lo quise, o supieron esperar en silencio, atentos. Nunca se impacientaron, ni fueron sentenciosos o condescendientes. Estuvieron fielmente presentes, indiferentes a las horas, dando por sentado que también este momento pasaría, y mi incomodidad y mi desasosiego, y que sus páginas seguirían acompañándome en el futuro, describiendo algo mío, íntimo y oscuro, para lo cual yo no tenía (y aún no tengo y no tendré) palabras.