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4.10.09

Llegó el momento de inventar el libro

¿Qué pasaría si la mayor novedad cultural no fuera digital, sino producto de la imprenta? Tal la hipótesis que plantea el escritor mexicano


Max Daltón

Juan Villoro
México D.F., 2009
¿Qué tan novedoso debe ser un invento? La importancia de un producto suele depender de su capacidad de sustituir a otro. La tecnología necesita contrastes; sus aportaciones se miden en relación con lo que había antes. El inventor es el hombre que llega después.
Lo nuevo existe en serie: es la última parte de una secuencia, requiere de algo que lo anteceda. Esto lleva a una pregunta: ¿Podemos inventar hacia atrás? ¿Qué pasa si le asignamos otro orden a la historia de la técnica?
Imaginemos una sociedad con escritura y alta tecnología, pero sin imprenta. Un mundo donde se lee en pantallas y se dispone de muy diversos soportes electrónicos. Abundan los receptores de textos e incluso se han diseñado pastillas con resúmenes de libros y métodos hipnóticos para absorber documentos. Esa civilización ha transitado de la escritura en arcilla a los procesadores de palabras sin pasar por el papel impreso. ¿Qué sucedería si ahí se inventara el libro? Sería visto como una superación de la computadora, no sólo por el prestigio de lo nuevo, sino por los asombros que provocaría su llegada.
Los irrenunciables beneficios de la computación no se verían amenazados por el nuevo producto, pero la gente, tan veleidosa y afecta a comparar peras con manzanas, celebraría la ultramodernidad del libro.
Después de años ante las pantallas, se dispondría de un objeto que se abre al modo de una ventana o una puerta. Un aparato para entrar en él.
Por primera vez el conocimiento se asociaría con el tacto y con la ley de gravedad. El invento aportaría las inauditas sensaciones de lo que sólo funciona mientras se sopesa y acaricia. La lectura se transformaría en una experiencia física. Con el papel en las manos, el lector advertiría que las palabras pesan y que pueden hacerlo de distintos modos.
La condición portátil del libro cambiaría las costumbres. Habría lectores en los autobuses y en el metro, a los que se les pasaría la parada por ir absortos en las páginas (así descubrirían que no hay medio de transporte más poderoso que un libro).
La variedad de ediciones fomentaría el coleccionismo; los pretenciosos podrían encuadernar volúmenes que no han leído y los cazadores de rarezas podrían buscar títulos esquivos y acaso inexistentes. Sólo los tradicionalistas extrañarían la primitiva edad en que se leía en pantalla.
En su variante de bolsillo, el libro entraría en la ropa y sería llevado a todas partes. Esta ubicuidad fomentaría prácticas escatológicas en las que no nos detendremos. Baste decir que acompañaría a quienes necesitaran de distracción para ir al baño.
Las más curiosas consecuencias del invento tardarían algún tiempo en advertirse. Una de ellas está al margen de la ciencia y la comprobación empírica, pero sin duda existe. El libro se mueve solo. Lo dejas en el escritorio y aparece en el buró; lo colocas en la repisa de los poetas románticos y emerge en un coloquio de helenistas. Las bibliotecas no conocen el sosiego.
El hecho de que incluso los tomos pesados se desplacen sin ser vistos representaría un misterio menor, como el de los calcetines a los que se les pierde un par en el camino a la azotea, si no fuera porque los libros se mueven por una causa: buscan a sus lectores o se apartan de ellos. Hay que merecerlos. El password de un libro es el deseo de adentrarse en él.
Las pantallas son magníficas, pero les somos indiferentes. En cambio, los libros nos eligen o repudian.
Otras virtudes serían menos esotéricas. ¡Qué descanso disponer de una tecnología definitiva! El sistema operativo de un libro no debe ser actualizado. Su tipografía es constante. Eso sí: su mensaje cambia con el tiempo y se presta a nuevas interpretaciones.
Para quienes vivimos en tristes ciudades en las que se va la luz, como México D.F., el libro representa un motor de búsqueda que no requiere de pilas ni electricidad.
Qué alegrías aportaría el inesperado invento del libro en una comunidad electrónica. Después de décadas de entender el conocimiento como un acervo interconectado, un sistema de redes, se descubriría la individualidad. Cada libro contiene a una persona. No se trata de un soporte indiferenciado, un depósito donde se pueden borrar o agregar textos, sino de un espacio irrepetible. Llevarse un libro de vacaciones significaría empacar a un sueco intenso o a una ceremoniosa japonesa.
Con el advenimiento del libro, la gente se singularizaría de diversos modos. Esto tendría que ver con los plurales contenidos y la manera de leerlos, pero también con el diseño. Los fetichistas podrían satisfacer anhelos que desconocían.
¿Hasta dónde podemos apropiarnos de un artefacto? El libro es el único aparato que se inventó para ser dedicado, ya sea por los autores o por quienes lo regalan. Qué extraño sería instalar un programa de Word que comenzara con una cariñosa dedicatoria a la esposa de Bill Gates. En cambio, el libro llegó para ser firmado y para escribir un deseo en la primera página.
Las novedades deslumbran a la gente. El libro ya cambió al mundo. Si se inventara hoy, sería mejor.
© LA NACION

26.9.09

Vidas honorables

Por: Juan Esteban Constain
A veces un libro extraordinario se consume en la soledad de unos pocos lectores (o en la de unas cajas, o en la mesa voraz de un editor), mientras otros, aterradores, van por el mundo recogiendo alabanzas y vendiendo indulgencias.
Le pasó a El Gatopardo, por ejemplo, que es quizás la mejor novela italiana del siglo XX y una de las reflexiones más bellas sobre la estupidez humana y la necedad del poder y la Revolución. Su autor era Giuseppe Tomasi di Lampedusa, un príncipe siciliano que pasaba sus días (maestro) comiendo dulces y leyendo a los clásicos. Pues escribió su novela magistral, y la mandó a sendas editoriales de Italia que la rechazaron con desdén: ese libro tan raro y tan bueno no se iba vender. El Príncipe murió, y sólo un año después la Feltrinelli lo puso en la vitrina gracias a la hija de Benedetto Croce. Así nació un clásico.
Ha habido en Colombia libros así. No sólo en la literatura (las Notas de don Nicolás Gómez Dávila o las traducciones homéricas de López Álvarez; los ensayos de Mendoza Varela), sino también en la historia o en la sociología. Libros como El pensamiento colombiano en el Siglo XIX, de Jaime Jaramillo Uribe, o como El Poder Político en Colombia de Fernando Guillén Martínez; como La Revolución en América de Álvaro Gómez Hurtado, o Bizancio el dique iluminado de Álvaro Uribe Rueda: libros reveladores, en fin, que logran darle a nuestro pasado una explicación llena de lucidez, que no concede con las modas y las imposturas, y las tonterías, que se tejen por igual en la Ciencia y las ideologías.
Hay un libro así, estupendo, que ha pasado completamente inadvertido en Colombia. Se llama Vidas Honorables y lo escribió Victor M. Uribe-Urán. En él se nos explica cómo el ejercicio del Derecho y sus prerrogativas burocráticas, fue en nuestra historia (1780-1850) un procedimiento cultural, no necesariamente económico, para la configuración y la manipulación del poder político, y para obtener desde la abogacía un reconocimiento social hereditario y casi sacramental; casi mágico y religioso. Tanto, que muchos de nuestros próceres de la Independencia no eran sino eso, tinterillos y burócratas a la española, que hicieron la Revolución desde el poder y para seguir exprimiéndolo. Funcionarios y aristócratas y primos, los descendientes de Don Pelayo, que se revelaron para que los dejaran donde estaban. Como El Gatopardo.
Un libro excelente este de las Vidas Honorables, aunque como dice mi amigo Gabriel García, “con ese título no puede ser sobre colombianos”.
Si tiene alguna pregunta sobre historia envíela a notastacitas@gmail.com
Fuente:http://elespectador.com http://mislecturascontrariadas.blogspot.com

24.9.09

Cada libro en su lugar


Por Alberto Manguel
Unas pocas semanas antes de Navidad, me dijeron que debía operarme de urgencia. Sin darme tiempo a hacer la maleta, me encontré en un cuarto adusto y aséptico, ansioso y sin libros. Pasar unos diez días convaleciente en el hospital sin nada para leer me pareció un castigo al límite de lo soportable y cuando mi compañero me propuso traerme de casa algunos volúmenes, acepté agradecido. ¿Pero cuáles elegir?
El autor del Eclesiastés nos enseña que para todas las cosas “hay sazón” y que todo tiene su tiempo determinado; igualmente, sabemos que cada ocasión tiene su libro. Pero no todo libro, por supuesto, conviene a cualquier momento de nuestra vida. Compadezco al pobre lector que se halle con el libro equivocado en un percance difícil, como le ocurrió al pobre Amundsen, descubridor del Polo Sur, cuyo bolso de libros se hundió en los hielos y se vio obligado a leer, noche tras helada noche, el único volumen que pudo rescatar, un indigesto tratado del Dr. Gaudens titulado Retrato de Su Sagrada Majestad en Sus soledades y sufrimientos. Es que hay libros para leer después de hacer el amor y libros para armarse de paciencia en el aeropuerto, libros para la mesa del desayuno y libros para el cuarto de baño, libros para las noches de insomnio en casa y para los días de insomnio en el hospital, y no pueden ser intercambiados. Nadie, ni siquiera su propio lector, puede explicar cabalmente cuáles libros convienen a cierto momento y cuáles no. De manera misteriosa, algo inefable hace que ocasiones y libros se acuerden o se opongan.

La lista de libros que Oscar Wilde pidió para acompañarlo en la cárcel de Reading incluyeron La isla del tesoro y un manual de conversación franco-italiano. Alejandro Magno partía a sus campañas con un ejemplar de la Ilíada de Homero. El asesino de John Lennon consideró que un buen libro para tener en el bosillo al cometer un crimen es El cazador oculto de J. D. Salinger. No sé si los astronautas se llevan a bordo las Crónicas marcianas de Ray Bradbury o si, por el contrario, prefieren Los alimentos terrestres de André Gide. Si el risueño Bernard Madoff acaba en prisión ¿pedirá acaso La pequeña Dorrit de Dickens para enterarse de cómo el señor Merdle, ese sutil estafador, incapaz de soportar la vergüenza al ser descubierto, acaba cortándose el cuello con una navaja prestada? El Papa Benedicto XVI ¿se retirará a su studiolo en el Castelo Sant’Angelo con Bubú de Montparnasse de Charles-Louis Philippe, para estudiar cómo la falta de preservativos ocasiona una epidemia de sífilis en el París de fin-de-siècle? Prosaico, G. K. Chesterton imaginó que, si estuviese naufragado en una isla desierta, desearía tener consigo un Manual de construcción de embarcaciones. Y a mí ¿qué libros me convendrían para mi forzado retiro?

No soy un usuario del libro electrónico, ese libro de arena que se ufana de ser casi inagotable y que, por lo tanto, no me obligaría a elegir; en momentos traumáticos me hace falta la consolación del papel y de la tinta. Hice una lista de posibles candidatos. Descarté algunas categorías obvias: novelas que no había leído aún, porque no quería correr el riesgo de que faltasen a mi propósito; ensayos científicos, porque temí que mi cerebro, ablandado por la anestesia, se mostrase más reacio que de costumbre a la asimilación de elucubraciones clínicas; por la misma razón, no elegí el género policial que, en tiempos normales, tanto aprecio. Tampoco las biografías: me pareció que en mi estrecha cama de hospital no habría lugar para otras vidas.

Acabé anotando cuatro tipos de lecturas que me parecieron adecuados:

• Libros que son antologías, generosos y fragmentarios. Pienso en los cuadernos de Samuel Butler, El libro de la almohada de Sei Shonagon, Religio medici de sir Thomas Browne, Memoria del fuego de Eduardo Galeano, Las ciudades invisibles de Italo Calvino.

• Una obra meditativa, melancólica, suavemente filosófica, como los ensayos de Jean Cocteau, La dificultad de ser, o esas iluminadas reflexiones sobre el Quijote de Javier Rodríguez Marcos, Los trabajos del viajero, o Los sueños de Einstein de Alan Lightman. Pensé asustar a las enfermeras dejando sobre mi mesa los tratados de Schopenhauer cuyo título combinado da Dolor y sufrimiento hasta la muerte, pero no me atreví.

• Un libro para hacerme sonreír: Alicia en el país de las maravillas, Tristram Shandy de Laurence Sterne, Pnin de Vladimir Nabokov, Historia universal de la infamia de Borges, Tres hombres en una barca de Jerome K. Jerome.

• Un libro de poesía: de Richard Wilbur, Quevedo, Javier Codesal, san Juan de la Cruz, Anne Carson... Para no tener que elegir un solo nombre, quizás convendría una colección ecléctica, como la Poesía barroca de J. P. Hill y E. Caracciolo-Trejo, fuente de infinito placer.

Los libros que elegí para esas largas semanas (fueron cuatro y no quiero nombrarlos) contienen ahora el diario de mi convalecencia. Abriéndolos en el futuro sabré cómo velaron a mi lado, hablaron conmigo cuando lo quise, o supieron esperar en silencio, atentos. Nunca se impacientaron, ni fueron sentenciosos o condescendientes. Estuvieron fielmente presentes, indiferentes a las horas, dando por sentado que también este momento pasaría, y mi incomodidad y mi desasosiego, y que sus páginas seguirían acompañándome en el futuro, describiendo algo mío, íntimo y oscuro, para lo cual yo no tenía (y aún no tengo y no tendré) palabras.