15.7.09

El astillero de Onetti




Alfonso Carvajal
El pasado 1 de julio se cumplieron los cien años del nacimiento de Juan Carlos Onetti, un autor que cautivó a varias generaciones por su rara y lánguida literatura, por su densidad que lo emparentó con los orígenes primarios del existencialismo, un escepticismo digno del más solitario de los hombres, y sobre todo, por sumergirnos con sórdida lucidez en los terrenos harto difíciles de la ficción. La creación de una ciudad que es espejismo y realidad a la vez, producto de la magia de la palabra: Santa María, es la gran invención del escritor uruguayo. Seguramente situada en las márgenes de la banda oriental del río de La Plata, la ciudad imaginada, es la elucubración de una honda elaboración formal, de la búsqueda de un tono y ritmo esenciales, que tras experimentar una y otra vez, en novelas magníficas e imperfectas, en cuentos inolvidables, asechado por la gloria y el fracaso, plasman con ruda certeza su empedrado literario.
Volví a leer El astillero, una de las novelas que más encarna y esculpe el férreo y triste mundo onettiano: "Estoy contento porque hace un rato sentí la desgracia, y era como si fuese mía, como si solo a mí me hubiera tocado y como si la llevara adentro y quién sabe hasta cuándo". Inmerso en sus ambientes herméticos, de relámpagos grises y lascivas imágenes, admiré sus paisajes interiores atravesados por aires de tangos primigenios, en el cual la tragedia alcanza cimas insospechadas: "Pudo verse, por segundos, en un lugar único del tiempo; a una edad, en un sitio, con un pasado. Era como si acabara de morir, como si el resto no pudiera ser más que memoria, experiencia, astucia, pálida curiosidad".
Y uno de sus alter ego, Larsen, ya viejo, conciente de su decadencia, nos pasea fumando su agonía por un mundo irreal -a la manera de Kafka donde la literatura y la vida son un ensayo en tensión-, un astillero habitado por sobrevivientes, fantasmas, que de la mano de la ficción de un demiurgo nos hablan desde una desesperanza infinita. Seres que extraviados en las páginas de un libro tienen una oportunidad más. Cruzado el laberinto nos esperan el poder, la miseria, el erotismo: "Se hizo desnudar y continuó exigiendo el silencio durante toda la noche, mientras reconocía la hermandad de la carne y de la sencillez ansiosa de la mujer".No importa que no existan, están entre nosotros, más vivos que otros vivos, rasgándose el alma nos hablan, su voces "en un camino de limaduras de plata... exigían un hombre". Santa María es la patria de la utopía hecha lenguaje y Onetti su idóneo escultor.

10.7.09

'Los ejércitos'

Enrique Santos Molano

"Lo que pasa con Evelio es que no es mediático", me dijo una linda e inteligente periodista cuando estábamos comentando la novela 'Los Ejércitos', ganadora del Premio TusQuets de novela (2007), y calificada por 'The Independent', de Londres, como la mejor novela extranjera traducida al inglés.
Supongo que esto de 'no ser mediático' significa carecer de los atributos externos al intelecto necesarios para figurar en las páginas sociales de los periódicos, en las notas y entrevistas de la cultura 'light' y farandulera con que los medios de hoy entretienen a sus lectores, en las fáciles y veloces apariciones en televisión, etc. Desde mediados del siglo pasado, los escritores se debaten entre escribir o figurar y la mayoría de ellos se ha dedicado a lo segundo, a ser mediáticos. Me imagino que León Tolstói, si hubiera nacido ochenta años después, jamás habría escrito 'Guerra y paz'; en cambio, asesorado por un buen agente literario, Tolstói sería un huésped permanente de los medios. O bien, dedicado a escribir 'Guerra y paz', hubiese corrido, como Evelio Rosero, el riesgo de no ser mediático.
'Los Ejércitos' (2007), con independencia de los premios o de los elogios que ha merecido, es una de las grandes novelas mundiales publicadas en esta primera y ya agonizante década del siglo XXI. Su autor, Evelio Rosero, trajina en la literatura desde los años 80, en que publicó 'Ausentes' (1982), premio nacional de cuento de la gobernación del Quindío, y enseguida la hermosa trilogía de novelas 'Primera vez', compuesta por 'Mateo Solo' (1984), 'Juliana los mira' (1986) y 'El incendiado' (1988). La novela 'Plutón' (Espasa-Calpe, 2000) es, semejante a 'Los Ejércitos', una obra maestra, que acierta a desentrañar la complejidad de la vida contemporánea, arruinada por diversos factores que se entretejen: el narcotráfico, la corrupción, la violencia urbana y la infidelidad conyugal.
Evelio Rosero posee el secreto, vital para un novelista, de crear atmósferas. En 'Los Ejércitos' no le basta plantear el enfrentamiento de 'los actores del conflicto', como los ha catalogado el conocido eufemismo. Desenmaraña las causas y los efectos de ese conflicto sangriento y diabólico en el que ángeles y demonios exterminadores acaban con las ilusiones sencillas, los sueños simples, las libidinosidades inocentes y la vida física de un pueblo.
Sin que se dé cuenta, el lector es conducido de un mundo entre risueño y monótono a una estremecedora tragedia griega. Una atmósfera de horror va envolviendo, al paso de las páginas, a los personajes del libro, y al lector con ellos. La sutileza con la que se van esparciendo los vapores venenosos de la violencia no atenúa, por el contrario, intensifica el espanto de una realidad que supera toda ficción.
Nadie que lea el párrafo introductorio de la novela, "Y era así: en casa del brasilero las guacamayas reían todo el tiempo; yo la oía, desde el muro del huerto de mi casa, subido en la escalera, recogiendo mis naranjas, arrojándolas al gran cesto de palma; de vez en cuando sentía a las espaldas que los tres gatos me observaban trepados cada uno en los almendros, ¿qué me decían?, nada, sin entenderlos. Más atrás mi mujer daba de comer a los peces en el estanque: así envejecíamos, ella y yo, los peces y los gatos, pero mi mujer y los gatos, ¿que me decían? Nada, sin entenderlos", nadie imaginará que ese profesor Ismael , ya en edad de jubilación, que además de recoger sus naranjas en el huerto, distrae la vista en la contemplación gozosa y nostálgica del noble espectáculo que su bella vecina Geraldina, la esposa del brasilero, le brinda "completamente desnuda, tumbada bocabajo en la roja colcha floreada", terminará, junto con su mujer y la hermosa vecina desnuda y los tres gatos y los peces y el pueblo entero, metido en el berenjenal sanguinario que arman los ejércitos de ángeles y demonios exterminadores, de soldados, de guerrilleros y de paramilitares, de señores del narcotráfico, que en defensa cada uno de sus "principios", defensa a sangre y fuego, no se destruyen entre ellos, sino que asuelan y hacen polvo una población de gentes sencillas, comunes y corrientes, que llevaban una vida tranquila antes de que irrumpieran los ejércitos para protegerlos.
Este resumen no dice mucho, ni podría hacerlo, de la prodigiosa habilidad de Evelio Rosero en el manejo psicológico de sus personajes y de las situaciones que van creando la atmósfera letal de 'Los Ejércitos'. Esa sensación no es transferible desde una columna de periódico, y sólo en las páginas del libro la experimentará el lector en toda su intensidad dramática. "Lo que pasa con Evelio es que no es mediático." Es el mejor elogio que he oído acerca de un gran escritor en nuestros días.


fuente:http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas

http://mislecturascontrariadas.blogspot.com

27.6.09

Como una novela del XIX


El húngaro Miklós Bánffy retrata la decadencia del imperio y a una aristocracia que se asoma al abismo de su disolución
Darío Jaramillo Agudelo

Entre las constantes que se repiten en la novela del siglo XIX están el adulterio y el papel de los juegos de azar -las cartas, las ruletas, los casinos- en los desarrollos argumentales de las novelas. Del adulterio, los ejemplos cumbres acaso son Madame Bovary y Anna Karenina. Pero no son los únicos. Está, también, entre muchas, El primo Basilio, de Eça de Queiroz, y las simpares Fortunata y Jacinta y La Regenta. En cuanto al vicio de juego, la arquetípica es El jugador, de Dostoievski, punta de iceberg en donde pueden citarse obras de muchos autores, los más grandes entre ellos, como Dickens y Tolstói.
Por la identidad con estos temas novecentistas, Los días contados (1934) parece una buena, una excelente novela del siglo anterior. Cada día me convenzo más de que las mejores novelas del siglo veinte son las que más se asemejan a las del diecinueve. Entre ellas, Vida y destino, de Grossman, o El Gatopardo, de Lampedusa, esta última frecuentemente comparada con Los días contados, que apenas ahora ha sido traducida al castellano desde el húngaro original.

Los dos principales personajes masculinos de Los días contados sostienen apasionados -y, al final, correspondidos- romances con mujeres casadas. Y el demonio de uno de ellos está en el casino, en donde perderá mucho más de lo que tiene.

No se detienen en estos dos temas las afinidades de Los días contados con la narrativa del siglo anterior. Una de las principales cualidades de las novelas del siglo XIX, si no la mayor, consiste en esa capacidad para envolver al lector con la narración, de modo que queda literalmente atrapado en la fluidez de la prosa, en el suspenso de la historia, inclusive en la belleza de las descripciones. Quien inicie la lectura está enganchado en una doble y eficaz y deliciosa trampa: uno no puede parar de leer y, a la vez, no quisiera que el libro se acabara.

En particular con Tolstói hay otras afinidades: el retrato de una aristocracia decadente que, sin saberlo, se asoma al abismo de su disolución en medio de una vida social intensa, llena de fiestas, de bailes, de derroches. Y que, si participa en política, es en los intervalos de sus frivolidades vividas en la inconsciencia de lo que se les viene encima: "Para convocar el Parlamento..., en verano había que tener en cuenta la caza de la perdiz, en septiembre la del ciervo, a principios del invierno la del faisán y en la primavera los días de carrera, para poder intercalar las asambleas entre estos acontecimientos. Cuando acababan las carreras de Budapest, comenzaba la temporada de derbis en Viena, que atraía a mucha gente. Por tal razón, se descartaba esa época del año para organizar eventos importantes". Por contraste con esta vida muelle, el principal personaje de Los días contados, Bálint Abády, mantiene viva la llama de la justicia que, en su caso, como en el del protagonista de Resurrección, la formidable novela de Tolstói, consiste en atender sus propiedades con planes que favorecen a quienes, no por eso, dejarán de ser sus siervos.

El momento de las historias que se relatan en Los días contados es el comienzo del siglo XX. La amalgama de naciones -y de idiomas y culturas- que forman el Imperio austrohúngaro no logra cuajarse. Las fronteras políticas no siempre coinciden con algún tipo de conciencia común de las nacionalidades; y lograrlo es imposible porque en todas partes hay minorías. La aristocracia transilvana es preponderantemente húngara, mientras la mayoría de la población es rumana. Los intereses de la capital imperial, sita en Viena, no siempre van en la misma dirección que los valores serbios o húngaros o rumanos. Finalmente la situación reventará con el asesinato del heredero de la corona y el estallido de la Gran Guerra. Pero Los días contados no llega hasta ese momento; habrá qué esperar la traducción de otras novelas Bánffy, ese clásico moderno de las letras húngaras, que desde ya anuncia Libros del Asteroide.

Bánffy nació en Kolozsvár, la capital de Transilvania -hoy Cluj-Napoca, Rumania-, el 30 de diciembre de 1873. Pertenecía a la nobleza húngara. Fue diplomático y político -como Bálint Abády, el protagonista de Los días contados- y llegó a ser ministro de relaciones exteriores de su país en 1921. Publicó novelas y obras de teatro, pero el advenimiento de los regímenes comunistas relegó sus libros a un ostracismo que tan sólo terminó hace muy pocos años con las primeras traducciones de su obra al inglés y al francés. Bánffy murió el 6 de julio de 1950.



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26.6.09

Está bien: hablemos de la muerte del libro


La muestra de Amazon del libro electrónico.

Juan Gabriel Vásquez

EL OTRO DÍA TUVE LA ENÉSIMA discusión que he tenido, en estos tiempos de E-books y Readers, sobre la muerte del libro, y la verdad es que el asunto ya comienza a cansarme.
Como tantos otros debates tanatológicos (la muerte de la novela, la muerte de la ópera, la muerte de la pintura figurativa), éste tiene un vicio que lo condena desde el comienzo: las dos partes están hablando de cosas distintas. Cuando alguien sostiene que la maravillosa invención del libro electrónico traerá el fin del libro en papel, no está pensando en el mismo libro en papel que tiene en mente un lector de literatura cuando sostiene lo contrario. La razón es simple: no lo usan para las mismas cosas.

Sí, sí: ya sé que el libro electrónico tiene sus ventajas. Ya sé que los tomos del diccionario de Rufino José Cuervo, que en mi biblioteca ocupan más de un metro de estantería, cabrán en uno solo de esos libritos; ya sé que un editor que tiene que revisar tres o cuatro manuscritos en un fin de semana se llevará un E-book a la casa, en lugar de 1.200 páginas encuadernadas. Pero los entusiastas de la muerte del libro parecen empeñados no en traernos estas pruebas fáciles, sino en probar que también Crimen y castigo y Austerlitz serán mejor leídos en las pantallas asépticas del nuevo bebé informático. Es como si la literatura se hubiera vuelto la enemiga número uno de esta secta tecnológica: no descansarán hasta que la última novela en papel haya desaparecido de la faz de la Tierra. Eso, nos dicen, es el progreso.

Y el tema es que el libro no puede progresar: como la rueda o la pala, tiene el mal gusto de ser perfecto. Hay cosas que han cambiado, como las técnicas de impresión y la manera en que se cose el lomo, pero en esencia el último libro publicado ayer no es diferente de la Biblia aquella del viejo Gutenberg. Esto, claro, tiene una consecuencia importante: el libro es duradero. Hoy podemos leer esa Biblia, y eso, para los fabricantes de libros electrónicos, es terrible: es lo contrario del negocio. Su producto tiene que ser reemplazable dos años después por uno mejor, una nueva generación; tiene que ser susceptible de dañarse (si le entra agua o arena, si alguien le pone encima algo pesado); tiene que caducar. El libro en papel, ese aguafiestas, no caduca. No se daña. Apenas si se desgasta.

Pero no es cuestión de romanticismos o nostalgias. Para mí no hay nada tan práctico como la utilidad de mis notas en tres colores: cada color me sirve para un proyecto distinto. El tipo de papel y de letra me hablan del gusto del editor, que habla de la calidad del libro. Luego hay cosas más indemostrables, sí: los lectores de literatura, por ejemplo, se relacionan con el grosor de una novela de maneras particulares. Comprobar con las manos y los ojos que la escena más importante de una novela ocurre a la mitad, o que un motivo que encontramos cuando hemos leído una cuarta parte se corresponde con otro que hay cuando nos falta una cuarta parte para el final, nos dan informaciones acerca del libro que un lector de textos técnicos no entiende muy bien. Nos dan idea de su forma y su arquitectura, y el solo hecho de que una novela tenga arquitectura y forma despierta desconfianza en quienes no leen novelas.

Que suelen ser los que fabrican los libros electrónicos.

Es que así es muy difícil.



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Selva y bosque de canela



Por: Carolina Sanín

El lector de El país de la canela, la novela de William Ospina premiada con el Rómulo Gallegos, se siente sobrecogido ante el ritmo constante de la narración; ante su pulso seguro y vigoroso; ante el logo potente que traduce el río y la selva, los animales nuevos, los seres fantásticos, las heridas y las muertes, y que, con el dominio de una retórica invencible y de una poesía castellana bellamente clásica, circunscribe el drama de un viaje condenado.
Pero también puede sentirse contrariado por tanto rigor, por la ambición panorámica de la descripción e, incluso, por la inteligencia arrolladora del autor; después de todo, el asunto del libro es una expedición alucinada a través de la noche de la selva amazónica, a través del gran espacio abierto que es principio y fin del mundo, y su trasunto es la desembocadura de una realidad en otra: la cifra de la identidad latinoamericana transida de inefabilidad, traspasada por la violencia y el sueño, extraviada en la cronología de la historia. En esa medida, el lector echa de menos un silencio o un susurro que oponga resistencia a la arquitectura de la obra.

El país de la canela está narrada en primera persona por un mestizo que, en busca de la herencia que le ha legado su padre, se suma a la accidentada expedición de Pizarro y Orellana hacia una de las versiones de El Dorado: un bosque de árboles de canela en la maraña del Nuevo Mundo. En lugar del tesoro de uniformidad que buscaba, encuentra la variedad de la Selva Amazónica y, en ella, los límites de su cuerpo y de su voluntad. En lugar del padre, encuentra a la madre. En lugar de salir al bosque de canela sale al mar, y emprende entonces el camino a Roma, donde recupera el otro cabo del ovillo de su discurso: los descubrimientos intelectuales del Renacimiento y la Baja Edad Media que hicieron posible la aventura americana. Magistralmente, Ospina ubica en la bisagra entre los dos mundos la noticia sobre las guerreras amazonas, cuya aparición convierte a América en el pasado mítico de Europa.

El hecho de que la primera persona del conquistador /conquistado parezca haber estudiado historia, historia del arte, teoría literaria y antropología en el siglo XXI es criticable sólo superficialmente. La atemporalidad del punto de vista hace pensar en El país de la canela como un objeto mágicamente superpuesto a la historia; como una incursión real del presente en el pasado. Ahora bien; volviendo al principio, el libro es sobre la selva, pero la forma de su discurso es el uniforme bosque de canela. Ésta no es una crítica negativa. Es más bien la evidencia de que el texto se entiende tan bien a sí mismo que la vitalidad de su intención desborda su método e incluso su lengua.



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21.2.09

Leer es dejar de ser



Por: Esteban Carlos Mejía*

CUANDO ESTÁ CANSADA DE VERAS, invito a Isabel Barragán a tomar el algo en el café Le Gris, de Oviedo, que se llama así en honor a Leo Le Gris, uno de los seudónimos (¿o heterónimos?) del poeta León de Greiff.
La veo ojerosa, no lánguida ni escurrida, ojerosita. “Estoy exhausta”, dice y, al instante, yo, malpensado, pienso en su marido, ganadero de nueva generación. “No, no es eso”, dice. “Trabajar, cansa”. Me atropellan, entonces, algunos versos de Lavorare stanca, de Cesare Pavese: “Los dos, tendidos sobre la hierba, vestidos, se miran a la cara / entre los tallos delgados: la mujer le muerde los cabellos / y después muerde la hierba. Entre la hierba, sonríe turbada”. O sea, casi como nosotros pero sin tanto yerbajo.

“Estoy leyendo unos mamotretos de filosofía que me prestó un colega, el profesor García Barrientos”. “¿Filosofía?”, digo. “Antropología filosófica o filosofía antropológica, aún no sé bien. Peter Sloterdijk, puro pensamiento de vanguardia. “Habla de burbujas, espumas, esferas…”. Me quedo embelesado. Ella dice “esferas” y yo, pese a que lo intento, no puedo dejar de atisbar su busto perfecto, Dios me perdone. “¿Leer te cansa?” “Jamás”, dice. “Pero laborar, sí”. Revuelve la espuma del capuchino y, sin previo aviso, arremete contra la enseñanza de la lectura en el bachillerato. “Hacen leer a la brava. Imagínate, un placer y lo vuelven obligatorio… ¿Acaso no saben que leer es dejar de ser?”. Trato de captar la idea. “Leer es dejar de ser”. Sonríe y dice: “Al leer, dejamos de ser lo que somos para convertirnos en lo que leemos. Por ejemplo, cuando leo Cien años de soledad siempre me siento Remedios, la bella”. Oh, embeleso el mío: la imagino entre los alacranes del baño de la casa de Úrsula Iguarán, desnuda, lejana, cándida, con la espalda sin enjabonar. “A mí también me gustaría subir al cielo en cuerpo y alma”, dice. Me alarmo: “¿Tenés fiebre o qué?”

Se encoge de hombros. “¿Por qué unas personas leen y otras no? Conozco señoras, ejecutivas de mercadeo, empollonas, felices de no haberse leído un libro en sus puercas vidas, ¡ni uno solo!”. “Patético”, digo. “Y, al contrario, he visto peladitos de veinte años que como trombas se devoran los seis volúmenes de The second world war, de Winston Churchill, ese exótico Nobel de párrafos versátiles y monotemáticos, densos y sagaces. No entiendo, la verdad. ¿Será el mito de Pigmalión? ¿Se obtiene lo que se desea?” El que no entiende soy yo. “Desean que la gente lea poquito y, a cambio, obtienen televidentes adictos”, dice. “En gustos no hay disgustos”, digo, pero Isabel está de mal genio. “Claro, pendejo, por eso estamos como estamos”. Se va sin despedirse. Y yo que quería leerle el final del poema de Pavese, “…aquel cuerpo de mujer que hará suyo / será, lujurioso y sin pudor alguno, el de ella”.

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Rabito de paja: Andrés Felipe Arias, also known as Uribito, dice que quiere ir de Carimagua a la Casa de Nariño, del desastre agrario a la Presidencia. ¡Mera hecatombe, papá!


*Autor de I love me putamente. Novela que hace parte de una trilogía.

15.1.09

UN AMIGO LECTOR ME PREGUNTA...


Hola Marcelo:
Tu que lo sabes todo, me puedes recomendar, mejor, hablar sobre Jonathan Littell. el ganador del Goncourt con una novela gigante llamada Las benévolas. ¿Si vale la pena leerlo? tengo un problema es que yo me creo todo lo que dicen los comentarios y muchas veces el resultado no es el que me esperaba. Que vaina! Deberían regular eso, como publicista que soy, creo que están faltando a la Etica al promocionar un producto, qué mentiras.
Ayúdeme,
Un abrazo,
Mauricio.




Querido Mauricio:

Primero aclararle que yo no me las sé todas; segundo, que trato de saberlas, es otra cosa...Pues, su pregunta me dio pie para buscar en google(este si se las sabe todas!) y encontré sobre el escritor que me pregunta, le copio un blog que más o menos informa:

http://thekankel.blogspot.com/2006/09/jonathan-littell-revelacin-en-francia.html

Ahora, como premisa básica personal,yo voy a los tanteos con los libros. Me valgo mucho del voz a voz. Radiobemba dicen en nuestro mágico Caribe. Nunca me he dejado guiar por los betseller's como tales(en mis inicios como novel lector por esa época, estaba en el ambiente Cien años de soledad, como un verdadero fenómeno de betseller y ese libro tuvo que esperarme ocho años para yo llegar a leerlo) y tampoco guio mis lecturas por los listados, que son enteramente comerciales, ¡Oh! Las editoriales y su mercadeo! Ahorita mismo en España se vive un fenómeno editorial con la novela de Ruíz Zafón, que indaga sobre ese pasado de la guerra civil española, que es un karma para todos los españoles, y vendió en los primeros días la bicoca de 300mil ejemplares(este podría ser un tema para una novela de indagación del texto en el texto con los con-textos sociales de un texto; pero ahora me acuerdo que esto en la literatura, ya se hizo, desde Don Quijote, con el padre de la novela, Don Miguel de Cervantes, y no es nada nuevo.)

Aquí cabría otro listado sobre los escritores que conviven su concepción de narrativa, con los temas que tienen que ver con su propia teorización del texto que tienen en obra, y se ha vuelto hoy una especie de moda. Creo que hay un escritor casi profesionalizado en este aspecto Vila-Matas, si no estoy mal informado.

Pero volviendo a su angustiada pregunta, y la ética, es que esos libracos, tan gordos, de pronto valgan la pena solo como para trancar puertas en desnivel( con nobles excepciones como por ejemplo 2666, Los detectives salvajes, y Paradiso, y Rayuela, y Noticias del imperio, y el mismo Don Quijote) y paro de textos tan voluminosos y supuestamente pesados y llenos de páginas, con apretada letra menudita( me acuerdo ahora del Ulises, y de ese libro que a usted le fascina, que es una saga de libros: En busca del tiempo perdido.)Recuerdo ahorita un personaje escritor de Rubem Fonseca, que reflexiona sobre la literatura diciendo que un gran libro puede ser la guía de teléfonos!

Pero ya, en serio y sobre su pregunta esencial sobre la ética, es que hay que ir por los libros que superen una generación como mínimo.Y a propósito de generaciones. Vivo con alegría cómo se está leyendo a un contemporáneo nuestro(me refiero a la edad cronológica) Andrés Caicedo, se está leyendo con furor entre los jóvenes más jóvenes, y ya supera una generación su libro cuasi póstumo: Qué viva la música.

Borges se llenaba la boca diciendo que él felizmente no le debía nada a sus contemporáneos. Y le doy toda la razón porque él sólo se preocupó de los eternos temas, y lo hizo con toda la ética.Se le hacía abominable la publicación como la cópula y los espejos porque hacen proliferar los libros y la gente!

Así, pues, a esperar que el tiempo decante los libros...
Un feliz año literario de lecturas, escrituras, y por supuesto de
muchos libros, sean o no betseller's...
Un abrazo
Marcelo