25.6.15

Antonio García rinde homenaje a Álvaro Mutis en su nuevo libro

No lo conoció en persona; nunca lo vio de lejos, siquiera, pasando por algún lugar. Pero a él, a Álvaro Mutis, le debía -le debe- su amor tardío por la poesía


Admirador de la obra de Álvaro Mutis, el escritor caleño Antonio García Ángel siempre se preguntó qué podría escribir sobre el inventor de Maqroll que ya no se hubiera dicho. La clave la encontró en los bares que habitaron los personajes de su obra. Y en los tragos que allí bebieron. Historia de una  juma./elpais.com.co
Es que le bastó leer  Canción del Este  para comprender la magia que pueden encerrar unos pocos versos. Fue entonces cuando Antonio García Ángel, que nunca había entendido qué era eso que la gente tanto amaba de los poemas, se lo agradeció para siempre. 
Así que un día supuso que podría saldar esa deuda, escribir algo sobre Mutis, quizá analizar su obra. Pero ¿qué decir de este escritor y de sus libros que no se hubiera dicho ya? Mutis, al igual que todo gran escritor, lo sabía, estaba súper estudiado. “Eso les pasa a los escritores importantes, digamos, se escribe sobre ellos hasta el  exceso, rayando en la estupidez”, dice. 
En una de sus relecturas, sin embargo, descubrió esa veta etílica que salpica buena parte de sus novelas:  esa tendencia a ubicar a sus personajes en bares o cantinas para que fuera justo allí donde sucedieran hechos trascendentales que darían un giro a sus vidas, y a las historias, claro.  
“Un día me pidieron que fuera a dar una conferencia sobre literatura en la Biblioteca Luis Ángel Arango, así que pensé que hablar de este tema sería interesante y releí una vez más su obra”, cuenta. Cayó en la cuenta que el sitio donde más disfrutó Maqroll de una relativa calma y de los cuidados de Flor Estevez en  La nieve del Almirante  fue en una tienda que hacía las veces de bar; que fue en un café de Port Said donde Maqroll había conocido a su amigo Bashur; que abandonado a su suerte en  Ciudad de Panamá, lo primero que hace Maqroll, una vez consigue un cuarto donde dormir, es salir en busca de un bar; que buena parte de su obra, en fin, se sucedía, en bares, burdeles y cafés como el Pink-Surprise, el Floating Paradise, el Boadas. 
Fue de allí, de esas relecturas, de donde salió  Jumma de Maqroll el Gaviero , una   ‘lectura etílica’ de 78 páginas que revela los lugares y los tragos que apasionaron no solo a los personajes de Mutis, sino a Mutis mismo. Su título es una parodia a la ‘Summa’ poética del escritor. 

Antonio, ¿cómo eso de su deuda con Mutis?

Cuando estaba empezando la Universidad, yo tenía sensibilidad de leñador para la poesía. Me gustaban las novelas, los cuentos, pero cuando yo leía poesía no entendía nada y decía “¿eso qué es?”.  El primer poeta que me hizo encontrarle el gusto fue Mutis,  concretamente con  Canción del Este, que fácilmente puede ser uno de mis poemas favoritos en la vida y que lo puedo recitar ahora mismo aunque puede que con algunas imprecisiones.
 Es un poema sobre la búsqueda de la felicidad, esa  que  siempre estás buscando y resulta que está en otra parte y casi que vez cómo se te escapa. Desde allí le encontré el encanto a la poesía y eso siempre se lo voy a agradecer.

Y de allí pasó a sus novelas...

No recuerdo bien si lo había leído antes, pero sí, empecé a leerlo por puro placer y se convirtió en uno de mis escritores favoritos. 

¿Y lo de la lectura etílica cómo se dio?

Un día empecé a notar  esa veta ‘etílica’. Di una conferencia sobre el tema y lo trabajaba por ratos, casi que con la frecuencia con la que uno se limpia el ombligo. Pero al final me puse juicioso, rastreé datos, encontré un fax con una de sus recetas; encontré a Arnulfo Julio, un amigo suyo con quién había escrito un decálogo del buen bebedor, y así, hasta que le presenté la idea en Tragaluz y les gustó. 

El libro refleja ese espíritu de sibarita que tenía Álvaro Mutis…

Mutis era esencialmente un ‘bon vivant’. Y qué mejor muestra que su amistad con García Márquez. Es que, ¿quién podía estar más en las antípodas de Mutis que García Márquez? Sin embargo,  eran los mejores amigos. Eso refleja su voluntad de siempre pasarla bien. Yo nunca lo conocí en persona, nunca lo vi, pero por lo que le leí era un hombre  con un gran carisma. Y era en esas reuniones con sus amigos, como la que menciono con Roberto Burgos Cantor y Arnulfo Julio, que departían animadamente a inventarse cosas como esa del decálogo del buen bebedor.

¿Cómo es eso del decálogo?

Pues yo había encontrado en un par de pasajes de las novelas que había unas reglas para beber. Y eso me despertó las ganas de encontrar las pistas como en una especie de labor de detective. Di con dos artículos, uno en El Tiempo y otro en Soho, y en ambos  hablada Mutis de  unas reglas a la hora de tomar, y enunciaba algunas, unas cinco o seis. Es decir que para él era una especie de arte, el beber. Pero después de eso fue que descubrí ‘Señas particulares’, las memorias de Roberto Burgos Cantor, en donde  se revela que Mutis había creado un decálogo junto con su amigo Arnulfo Julio. Y me empieza este afán por descubrir los otros mandamientos... tenía cinco o seis, me faltaban los otros. Así que llamé a Burgos. Por dentro rezaba para que Julio estuviera vivo y bueno, finalmente pudimos hablar y completé no los diez, pero sí nueve... 

El décimo mandamiento queda a discreción de cada lector...

Exacto. Y en el libro lo digo: a él le habría encantado esa idea  de que cada uno agregara el suyo. Pero también me di cuenta de que ese decálogo era una especie de juego, para pertirse. Era  una especie de trabajo en proceso. 

De este decálogo cuál es inviolable...

El 6: “Aprende que cada momento tiene su licor, escógelo”. 

Y su décimo mandamiento...

Tener alguien con quién pasar el guayabo.

De todos los bares que habitaron Maqroll, Abdul Bashur, Vincas y otros personajes de Mutis, ¿cuál lo sedujo más?

Me  dio mucha curiosidad el Boadas, por la historia del lugar. También porque es el único bar que repite en dos pasajes diferentes. Pero además porque  otro de los escritores que más me han gustado a mi, Manuel Vásquez Motalván, de quien  me encanta la saga de Carvalho,  el detective privado, también escribió sobre el Boadas. Mutis y Montalván son escritores muy diferentes, y que ambos se hayan detenido a hablar de este bar me pareció curioso.

Es célebre la receta de Mutis para preparar un dry Martini, pero usted revela varias. ¿Cuál compartiría con los lectores? 

El ‘Maqroll’, un coctel concebido por Mutis en honor de su personaje: en un vaso de old fashioned debe servirse vermut rojo Noilly Prat hasta una tercera parte; luego agregarle una copita de carpano Punt e Mes y otra de whisky Jack Daniels. Luego servir con tres cubos de hielo y media rebanada de naranja. Este lo escribió él a máquina y lo envió por fax a María Paulina Ortiz, cuya copia publico en el libro. 

Sorprende el desdén  de Mutis por el aguardiente…

Es que el aguardiente es un trago duro, o mejor dicho, no es suave en todo caso. Pero creo que muchos de los gustos que uno tiene son culturales. El aguardiente hace parte de la cultura alcohólica de Colombia, porque todas las regiones tienen su aguardiente.

El libro está dedicado a su papá, por la buena literatura y los buenos tragos... ¿Uno sí bebé con el papá?

Hace muchoa años mi papá mandó hacer un bar en la casa con una pequeña barra y con las copas arriba, con mezcladores y todo. Yo creo que su momento a mi mamá le debió haber parecido medio lobo el asunto, pero él lo hizo y yo crecí con ese bar y me simpatizaba. Y cuando estoy con mi papá siempre tratamos de abrir una botella de algo, pero siempre bajo el noveno mandamiento de Mutis, que es  fundamental, no emborracharse.  Pero sí disfrutamos de  uno  o dos tragos. Y creo que eso también es uno de los insumos que hizo que yo terminara haciendo ese libro.

Ya no hablando de Mutis, sino de sus bares, ¿cuáles hacen parte de su educación sentimental?

Yo diría más bien mi formación psicomorboafectiva, y en Cali, por supuesto, Martyn’s está en primer lugar. Pero también  Stockolm Inn, al que iba en una época en que no pedían cédula; o Toledo, de un amigo mío del colegio. Y pasé noches maravillosas en  Copelia, que quedaba en frente de donde hoy está el Gato de Tejada. Y es una pena que ya no esté la casa donde funcionaba, que era hermosa. Y cuando me vine a Bogotá, pues Barbie, Music Factory y diría que In Vitro...

Después de este ensayo, ¿vuelve a la novela?

De hecho acabo de terminar una  novela hace como mes y medio. Es una novela corta, de cien cuartillas no más, y es una historia de esos personajes que se derrumban, que caen en desgracia. Uno de esos personajes a los que le quebrás el espinazo moral… En esas estoy, con la intención de corregirla antes de que se termine el año. Pero es es otra historia.

23.6.15

Religión, política, violencia

Campos de sangre  es una obra esencial para comprender los mecanismos que desatan las guerras en el mundo

 

Grabado del Libro de las cruzadas sobre la toma de Jerusalén./elpais.com


La escritora británica Karen Armstrong, en su domicilio en Londres. / Carmen Valiño.
Karen Armstrong, la historiadora que profesó como monja católica, ha escrito una obra monumental de recopilación y ordenación de datos que constituye una historia política de las relaciones entre violencia, política y religión, tríptico al que podríamos añadir un cuarto elemento: la guerra, desde sus más o menos remotos comienzos hasta la actualidad. Y lo ha hecho con el objetivo de desentrañar las responsabilidades causales entre esos factores, tan constitutivos del mundo contemporáneo.
Un empeño tan ambicioso plantea un problema ab origine que es dónde puede o no detenerse el autor en el discurso envolvente, la historia évenémentielle en la que se inscribe el fenómeno a estudiar. La elección de la señora Armstrong es discutible en la medida en que la narración se pierde un poco en la descripción de ese contexto, pero igualmente podría argumentarse que sin el mismo nos hallaríamos ante un ensayo puramente teórico, desgajado de los acontecimientos.
Religión y política, dice la autora, nacen indisolublemente unidas. En los comienzos del tiempo histórico, hace entre 10.000 y 12.000 años, la deidad se identifica con las fuerzas de la naturaleza que son tanto guía como justificación de los balbuceos de entidades que ya podemos llamar políticas. Y esa simbiosis genera como subproducto la guerra, que puede concebirse como la continuación de la religión no por otros, sino por los mismos medios. La religión, que más que generar vive con el recurso a la violencia, es en todo momento un factor que condiciona el disciplinado comportamiento del súbdito, y yo añadiría que un consuelo terrenal para los que en su tiempo se convertirán en ciudadanos. Hebreos y sarracenos, con el cristianismo inserto históricamente entre unos y otros, operan una mutación que el mundo occidental ha elevado por encima de cualquier otro credo: el monoteísmo. Y con lo que la historia llama el descubrimiento de América, jalón o epifanía, comienza el largo proceso de alejamiento formal del hecho religioso de la realidad política circundante.
El Estado o imperio agrario ha desaparecido ante el incipiente desarrollo del capitalismo comercial, y la industrialización, que comienza a hacerse efectiva en la segunda mitad del XVIII, hace retroceder el papel público de la religión, sin que esta por ello llegue a desvanecerse en la sociedad occidental, mientras que permanece muy vivo como elemento constituyente del mundo islámico y, de forma algo menos evidente, del judaísmo. La constitución de los Estados, que es ya reconocible tras la firma de los tratados de Westfalia (1648), y que culmina en el siglo XIX, completa esa retirada del hecho religioso que, con una venganza, se parapeta, sin embargo, en lo que llamamos Nación. Y en esa transubstanciación, que es tanto o más lingüística que una realidad sobre el terreno, se produce la mutación del hereje en disidente, otra demostración de que muchas cosas cambian para seguir (casi) igual. La propia Inquisición, con la que Armstrong se muestra, de acuerdo con el revisionismo de las últimas décadas, menos agravante que la condenación habitualmente infligida, era una institución que se movía por objetivos patentemente políticos: la eliminación de quienes consideraba enemigos potenciales o reales de la monarquía hispánica. Y el hecho de que en las guerras del XVII católicos apoyaran cuando les convenía al bando protestante y viceversa prueba el carácter politizado de la religión.
La religión, más que generar, vive con el recurso a la violencia. La causa está en la naturaleza humana
La autora llega solo en el epílogo a lo que podría entenderse como un veredicto. La guerra ha sido a todos los efectos realidad perdurable de cualquier civilización, pero ¿es la religión o la política su primus movens? Y la afirmación final, quizá algo desligada de todo lo anterior, es la de que la culpable de que así sea es la propia naturaleza humana, de la que emanan política, religión y guerra como un segregado indiferenciable. Pero también cabría señalar que esa naturaleza no es sino el precipitado de la simbiosis religión-política. Armstrong nos ha dado otra obra esencial para la comprensión de nuestro mundo, cuyos antecedentes se remontan a las primeras construcciones político-religiosas del ser humano: aquello que empezó en Sumer.

Campos de sangre. Karen Armstrong. Paidós. Barcelona, 2015. 575 páginas. 28 euros (digital: 12,99)

18.6.15

Instrucciones para leer, de una vez, el Ulises

Se celebró Bloomsday, el día dedicado a la novela de Joyce. Considerada difícil pero también una gran obra de la literatura universal, cruza la alta cultura y lo más procaz

De época. Admiradores de Joyce se visten como en el libro y salen a festejar./revista Ñ.

"Muchos lo han analizado. Ahora, en cuanto a leer el libro desde el principio hasta el fin, no sé si alguien lo ha hecho". Se lo dijo Jorge Luis Borges al poeta y ensayista Osvaldo Ferrari: estaban hablando del Ulises de James Joyce, la obra literaria de extensión y enorme complejidad que ayer tuvo su fiesta global. La historia que cuenta la novela empieza en la mañana del 16 de junio de 1904 y termina en la madrugada del 17: son dieciocho capítulos que a Joyce le llevaron unos siete años de trabajo y que narran no más de veinte horas de la vida de Leopold Bloom, con todos sus detalles y todos sus monólogos interiores. Por eso cada 16 de junio, desde 1954 y con epicentro en Dublín, se celebra en todo el mundo Bloomsday (por el protagonista y por el juego de palabras con "Doomsday", día del Juicio Final). Es la Dublín de su recuerdo, pues lo escribió desde un autoexilio.
Ayer hubo quienes bien temprano visitaron la torre Martello -hoy llamada "James Joyce" y convertida en museo, con fotos y objetos personales del autor- en las afueras de la capital irlandesa: allí empieza la trama de la novela. Hubo también quienes asistieron a lecturas públicas y a representaciones teatrales de fragmentos del Ulises; quienes se vistieron con trajes de principios del siglo XX y quienes almorzaron -como Bloom- un sándwich de queso gorgonzola. Incluso el cineasta irlandés Carl Finnegan aprovechó la efeméride para anunciar que adaptará a la época actual varios de los quince relatos breves que Joyce narró en su libro Dublineses: empezó por "Dos galanes", que ya puede verse gratis en la web.
Sin embargo, aunque miles de lectores festejen cada año el aniversario de la historia que los apasionó, el Ulises tiene fama de difícil, de ser abandonado antes del final, de complicarle la vida al lector. Tal vez por eso Borges dijo lo que dijo sobre la novela, y tal vez por eso el psicoanalista Carl Jung aseguró que el texto "produce en el lector un irritante sentimiento de inferioridad". "El Ulises es un libro que, en principio, deja afuera hasta a los lectores más entrenados", asegura el escritor y crítico literario Carlos Gamerro, que hace casi treinta años enseña el texto de Joyce en universidades y en cursos privados, y que acaba de reeditar su libro Ulises. Claves de lectura, en el que desmenuza la novela de 1922.
Entre las dificultades más frecuentes con las que el lector se encuentra, detalla Gamerro, se cuentan las alusiones a otras obras literarias que, para alguien no tan conocedor, pueden pasar inadvertidas: en las páginas del Ulises hay puentes con La Divina Comedia, de Dante, los Cuentos de Canterbury, de Chaucer y el Decamerón, de Bocaccio. Esto sin contar la estructura que, desde el nombre, vincula la obra de Joyce con la Odisea de Homero. Lo cual no quita que haga un uso extenso del humor popular más procaz y que acaba con la escena de masturbación femenina más famosa de la Historia.
Más dificultades: el autor supone que el lector tiene clara la historia de Irlanda -su condición de colonia británica y sus conflictos de clase y religiosos, por ejemplo-; y, además, supone que el lector puede recordar y reconocer una gran red de citas internas, en las que un personaje retoma una parte de la oración que otro había usado varios capítulos antes.
Gamerro organiza sus claves repitiendo la estructura de capítulos de la novela de Joyce y recomienda ir intercalando la lectura: "Primero Joyce, después las claves. Porque ocurre que al terminar cada capítulo del Ulises uno siente que hay cosas que no ha entendido; esas cosas se van acumulando y se arma una masa que te va frenando". A través de esas claves, sabemos desde cómo se arma la escala monetaria británica -un chelín son 12 peniques- hasta que el pasaje de La Divina Comedia elegido es para aludir a Aristóteles. Sabemos también que el chiste que hace uno de los personajes de la novela para ironizar sobre las posibilidades de autonomía de Irlanda respecto de Inglaterra está basado en el logotipo de un diario que se imprimía en 1904, año en el que transcurre la acción.
"Un lector que leyó el Ulises goza del mismo prestigio y el mismo deleite que un alpinista que llegó a la cima del Everest. Es la sensación de mirar el mundo desde otro lugar. Pero requiere un esfuerzo muy grande, y entonces implica la felicidad que da el trabajo", reflexiona Gamerro. Tal vez eso se festeja cada Bloomsday: la felicidad de haber leído el punto final.

7.5.15

Leer por leer

Tengo un afecto muy especial por Cervantes; después de todo es el escritor que dividió la literatura, y según Kundera, a quien debemos rendir cuentas en  los asuntos de la novela y de las historias que cuentan las novelas

Hermanos de tinta de Nahum Montt./Alfaguara
Nahum Montt, escritor colombiano, autor de Hermanos de tinta.


Se me acusa de ser un lector enfermo de lecturas, una especie de adicción, que va de la mano a la del escritor enfermo, es decir del escritor ágrafo, que ya no puede dejar de escribir porque está enfermo de literatura: escribir por escribir; hablar por hablar; leer por leer…
Tengo un afecto muy especial por Cervantes; después de todo es el escritor que dividió la literatura, y según Kundera, a quien debemos rendir cuentas en  los asuntos de la novela y de las historias que cuentan las novelas.

Cuando le entré  al ejercicio de leer por leer con la novela Hermanos de tinta de Nahum Montt. Tengo los buenos antecedentes de este escritor colombiano, con su novela El Eskimal y la Mariposa, que sigue siendo para mí una de las mejores novelas negras escritas hasta ahora  en esta Colombia de impunidades y magnicidios, uno detrás de otro. Después   leí  Lara, donde nos cuenta cómo un ministro  queda solo y desamparado ante las fuerzas desatadas del crimen. Otro magnicidio, que dividió en dos la historia criminal del país colombiano.

Y me puse en situación de lector adicto a las lecturas. El texto de marras, Hermanos de tinta está construido desde la anécdota histórica que Cervantes y Shakespeare se encontraron alguna vez en Valladolid durante la celebración del tratado de paz entre Inglaterra y España, en 1605. Hasta allí se vuelve creíble la anécdota de juntar a estos dos escritores que dividen en dos las literaturas de los dos idiomas como las temáticas respectivas de sus obras en sus países y lenguas.

Pero cuando uno se adentra en la trama del texto, se siente la modernidad del lenguaje del presente de hoy, porque el autor resolvió que había que contar con sus modismos, con el adobo de uno y otro giro de esa época endiablada de picaresca. Cuando uno,  más o menos, conoce algo de la obra cervantina, de su capacidad de escritor, se halla en un berenjenal de citas con sus obras, de personajes salidos de sus textos, los cuales el propio autor, nos da claves para entender el farrago de una trama salpicada con frecuentes alusiones cervantinas como extendidas también de citas a novelas negras y recreando sus tramas históricas. Como es el caso de El halcón maltés. Esto me hizo recordar a otro escritor argentino, Ricardo Piglia, que dice que se puede escribir una novela a partir de citas, lo cual no es la pretensión de Hermanos de tinta, al contrario, el autor recrea un tiempo  especial de España cuando el imperio muestra los signos más puros de la decadencia que se avecina, o está en el fermento de un tiempo muy oscuro del cual Cervantes se convierte en personaje literario.

Y aquí es donde entra la Historia, la secuencia de los hechos históricos que roza la trama cervantina de Hermanos de tinta, que al autor no le interesa decir o hacer decir, se interesa más por el elemento de lo humano, recreando las desdichas, avatares y vicisitudes del escritor convertido en personaje literario, cruzado de angustia existencial, donde su ejercicio de escritura está casi negada, ya metido en una trama criminal y negra total, pues sobrevive y convive entre gentes de baja estofa, malandrines, putas; de hecho sus dos hermanas son unas redomadas ejercedoras del oficio más antiguo del mundo, que lo asistieron y cuidaron y fueron estafadas; al fin de la misma familia tenían que cuidar a su hermano de sangre, ya no de tinta; este es el inglés que cuando se encuentran uno frente al otro, cara a cara los dos escritores y se dicen verdades como las  que deben decir los escritores, que es la pretensión más esencial de toda novela: decir algo verdadero y humano de estos dos personajes convertidos en elementos propios de la literatura al nombrarlos como hombres de papel.

La trama no es fácil para el lector acostumbrado con urdimbres correctas y edificantes. Todo lo contrario, el autor se planteó escribir un texto en ejercicio de sus más caras  licencias de imaginación, donde   más  se cuentan  como verdades, que a veces la historia no nos dice bien como haya ha sido de perfecta y humana la historia de vida de este escritor que nos legó la modernidad de la novela. Shakespeare está algo opaco, a pesar que desde el principio aparece como el inglés pendenciero y muy malhablado en el perfecto idioma de Cervantes dice todos los improperios e imprecaciones que puede decir contra los españoles y los hermana en su propia tinta: la imaginación.

Hermanos de tinta. Novela. Nahum Montt. Editorial Alfaguara.2015. 221 páginas.

14.5.13

El pasado no perdona

La amarga y sangrienta realidad colombiana de la reciente historia sigue siendo  explorada con visos de novela negra

Portada de Casi nunca es tarde, de Juan David Correa./Laguna libros.
Juan David Correa, es un escritor que he seguido desde su Todo pasa pronto, ópera prima que recuerdo vivamente  una frase de esa novela, se resuelve una condición muy paisa, que se pone en situación de vida o muerte toda lógica de convivencia.
Ahora nos llega con su segunda novela Casi nunca es tarde,  donde logra entregarnos una versión muy  panorámica del endémico conflicto armado colombiano, valiéndose del asesinato enigmático del rector de un liceo, recurso viejo del esquema policiaco.  En un tono casi seco y conciso nos cuenta las minucias de Juan, y su padre Samuel, un activo sindicalista desaparecido, por causas ideológicas.  Mientras su madre, Amanda Rey descree del país, Colombia; odia a Bogotá, su suciedad, su gente. Se sienten pinceladas muy poéticas de sus calles, y los lugares donde transitan los personajes. En esto el autor le da un viso casi sociológico a esa condición de los colombianos que reniegan y creen que es mejor vivir en un país extraño que en el propio; y se enfrenta desolada y árida al obligado autoexilio francés pero regresa al acontecer de la realidad más  brutal de las bombas del narcoterrorismo de Pablo Escobar en los aciagos días de 1989.
Y Correa se adentra con rigor y vigoroso en los personajes que son llenos de vida, con profundas contradicciones existenciales y morales. Amanda que tiene su mente en París, y el orden y la limpieza francesas, enfrentada al subdesarrollo ramplón y chambón de los colombianos; y al descubrimiento de su nueva condición sexual con una amiga. Juan, el joven que es acusado pero que  se le siente en profundidad la culpa y el dolor con el recuerdo perenne de su padre desaparecido.  Los detectives, Henry Lizarazo, Olimpo Piedrahíta;  para mí, el mejor personaje de la novela, por su humanidad, y no sé si se deba a su origen campesino,  y Luis Carlos López. El autor nos da vistazos de esas vidas cruzadas de sangre y convividores de las violencias más crueles, que tienen la ternura a flor de piel frente a sus propios hijos y por los animales. Aunque el autor se resuelve por contarnos desde el omnisciente dios todopoderoso de la tercera persona.  En un ritmo ágil y ameno va desatando el nudo gordiano de las andanzas sangrientas e intringulis de todos los actores armados del conflicto que seguimos padeciendo desde hace cincuenta años, donde el pasado no perdona…

Casi nunca es tarde
Juan David Correa
Laguna  Libros
249 páginas

29.1.13

¿Qué le pasó a Julian Barnes?

Cuando Julian Barnes obtuvo el premio Booker con El sentido de un final, las opiniones no tardaron en dividirse. Más allá de merecimientos y discusiones formales, la apuesta de la novela resultó bastante desconcertante 

Julian Barnes, autor de El sentido de un final./pagina12.com.ar
Dos puntos de vista sobre los hechos de una vida y sobre todo, de la juventud del narrador, de sus amigos del alma en los 60 y de los caminos que cada uno tomaría. Y la pregunta por el sentido de un final que remite a la biografía de Barnes y ha dejado a los críticos comentando en voz baja qué le pasó.
Hay que decirlo: El sentido de un final de Julian Barnes es una novela que desconcierta sin ser desconcertante. Las repercusiones que tuvo fueron dispares, tan dispares como lo son también las repercusiones del Booker, clásico premio inglés como el té de las cinco, que Barnes obtuvo finalmente (después de años y años de ser finalista) con esta novela. El escritor Geoff Dyaer, desde las páginas de The New York Times, calificó a la novela de “promedio” (tal y como se define a sí mismo el protagonista) y la acusó de contribuir a la disminución de la novela británica. Mientras en The Guardian se exaltaron las cualidades más visibles que tiene el texto: “Una meditación sobre el envejecimiento, la memoria y el remordimiento”. En ambos casos, se ve un extremo.

El sentido de un final es una buena novela, impecablemente escrita, aunque se percibe en su lectura cierto desencanto, cierto apresuramiento; algo así como una novela de oficio, que, si llegáramos al final de nuestra especulación, tal vez ni se quiso escribir. Es, en rigor, una novela corta estirada en dos partes. El argumento es muy sencillo (como lo son la mayoría de los argumentos de Barnes), al menos en la primera parte: Tony Webster narra su vida en retrospectiva. Recuerda a sus amigos de la secundaria, sus salidas, su patética incursión en la vida de los ’60, las charlas con sus dos amigos, al que después se sumó un cuarto: Adrian. Tony recuerda bien, hasta con lujo de detalles, la inteligencia y la personalidad evasiva, demasiado madura, de Adrian. Las charlas con su profesor de Historia, sus salidas, la sensación de ser más inteligente cuanto más cerca estuviera de Adrian. Hasta que se termina la secundaria y comienzan la universidad; la vida se bifurca en sus previsibles caminos, Tony conoce una chica, Veronica, demasiado histérica según el punto de vista de Tony, aunque demasiado buena para él según el punto de vista silencioso de sus amigos. Salen, se hacen novios, Tony conoce a los padres de Veronica en una reunión, y tras un desencanto, se pelean.

Hasta acá, la novela se sostiene en un tono reflexivo. Tony rememora y reflexiona sobre su vida, sobre el amor, sobre su cuerpo, sobre los años sesenta, una década donde todo cambiaba, todo era nuevo, pero en rigor todo parecía estar pasando en otro lado. La novela de Barnes se basa sobre esa idea; que un estilo muy bien depurado, simple y sobrio, puede sostener un argumento demasiado sencillo. Ya lo grita Norman Mailer en El arte espectral: lo único que importa es el estilo. Pero para que todo estilo alce vuelo, bien lo sabe Barnes, se necesita un personaje (o al menos la marca de uno): Tony Webster entonces, un tipo “promedio”, sencillo, que intenta reflexionar sobre las cosas que ocurren a su alrededor como si no las entendiera del todo, un personaje como el doctor Braithwaite, narrador evasivo de El loro de Flaubert, que mientras lee y relee Madame Bovary, su mujer se acuesta con cuanto tipo se le cruza por el camino. Es decir: esos personajes son ya una marca de estilo de Barnes. Tipos semigrises que le permiten a Barnes un acercamiento ambiguo al humor, algo que, sorpresivamente, falta en El sentido de un final.

El sentido de un final. Julian Barnes Anagrama 192 páginas

Y ése es justamente el tema: hay un vínculo invertido entre El sentido de un final y su autobiografía, titulada Nada que temer. Muchos son los puntos de contacto también argumentales entre un texto y otro: el hermano de Barnes es un reconocido filósofo que ha dado clases por las más prestigiosas universidades europeas con una inteligencia analítica muy parecida a la de Adrian en la novela. También un par de eventos parecen sacados de un texto y puestos deliberadamente en el otro: como los cruces de cartas y los diarios. Sin embargo, el mayor problema de la novela surge cuando Barnes intenta complejizar la sustancia narrativa con la que viene trabajado para, de algún modo, darle un sentido al final.

En la segunda parte, la edad madura de Tony, reaparecen los fantasmas del pasado, y los olvidos deliberados se hacen presentes nuevamente. Adrian se suicida y Tony recibe una carta de la madre de Veronica con una herencia para él. Barnes enreda la trama a tal punto que el lector se queda atónito preguntándose el porqué de semejante decisión. En cierto modo, y es el argumento del narrador, Tony reflexiona y recuerda su pasado. En ese reflexionar y en ese recordar sobre la propia vida y la propia experiencia hay cosas que se le escapan y reaparecen, oh casualidad, cuando la trama se lo demanda.

A pesar de ser un francófilo declarado y un amante incondicional de Gustave Flaubert, Julian Barnes es un gran heredero de Henry James, sobre todo en sus cuentos, memorias, y recortes culinarios (se sabe de la eterna disputa entre James y Flaubert, tan eterna como las eternas guerras isabelinas entre Inglaterra y Francia). Y esto parece arraigarse más en su última novela, la que probablemente sea la más jamesiana de todas en un sentido estilístico del término. Sobre todo en el hecho de construir un relato donde el punto de vista determina a la narración y no es la narración (los hechos, los famosos hechos) la que determina el punto de vista. Porque la vida que vivimos no es otra que la vida que contamos, y la vida que contamos es la vida que nos inventamos, con sus variables, con las cosas que elegimos olvidar pero que sabemos que siempre están.

La novela de Barnes entonces se basa sobre la fluctuante experiencia, sobre los distintos puntos de vista que se adoptan a lo largo de una vida, y sobre las sorpresas que te dan el paso de los años, cuando parecía que tenías una vida armada y un cambio de timón le dio un sentido arbitrario a las cosas.

9.1.13

Grieta de fatiga


Fabio Morábito en su colección de cuentos Grieta de fatiga, se aplica con rigor a contarnos esa grieta existencial 

Portada Grieta de fatiga de Fabio Morábito, de Cadencia Literaria. Edición argentina.
Desde aquellos inolvidables cuentos de Julio Cortázar, no había vuelto a leer un escritor donde el truco de su oficio narrativo hace que desaparezca esa línea que limita la ficción de lo ordinario de las cosas.  O éstas se confundan entre un ámbito de sueño y realidad fantástica a lo Kafka. Fabio Morábito en su colección de cuentos Grieta de fatiga, se aplica con rigor a contarnos esa grieta existencial que anida oculta en las realidades más anodinas para hacernos estremecer con su prosa precisa, dúctil, y de tono conciso.
Cada cuento nos provoca una suerte de halo  metafísico como de extrañeza en Puertas indebidas  donde dos  viajeros se hallan ante la disyuntiva de cerrar o abrir una puerta de separación que comparten, de aquí para allá, o de allá para acá; en una habitación de hotel. Por la lectura al azar de este cuento, seguí el resto de relatos, y quedé encandilado del poder narrativo de este escritor de origen italiano, poeta y traductor, adoptado mexicano.
Por qué las huellas de unas pisadas sobre la arena de una playa, nos pueden llevar a una inquietante persecución  al infinito de aquella premisa, que nos dice que mientras  más huimos, alguien más nos persigue en su cuento que se llama así Huellas. O resolver Crucigramas,  así titula un cuento, donde dos hermanas se dan lecciones de vida y educación sentimental, en una relación casi hostil y cargada de complejidades familiares, por supuesto resolviendo crucigramas de revistas.
Los búlgaros nos trasunta una situación de potencial infidelidad de una bella guía de turismo, mientras cuenta un escritor- su amigo sentimental- enredado en una trama de misterio y asesinato de la amante  de otro escritor amigo, a partir de los subrayados que hizo de su cuento publicado en una revista literaria.
Armaduras nos transporta al mundo de los caballeros, donde éstos truecan las piezas de sus armaduras desgastadas como piezas de recambio, donde las acciones heroicas  ya no tienen sentido en ese mundo desaparecido.
Micias  un olvidado personaje extraído de la Iliada nos sirve para darnos lecciones de deseos de vida doméstica sedentaria de una especie de antihéroe, cansado del nomadismo,  donde la épica es transgredida, en un alarde de su imaginación con reflexión filosófica incluida.
Cada cuento de Morábito está construido sin vaguedades ni intelectualismos, es una construcción precisa, y  está en el tono que debe contarse, ni le falta ni le sobra como  el protagonista del cuento La cigala–una soberbia mezcla de ingenio y de espanto– concluye acerca de la interpretación literaria que a él le valió un descalabro vital: “Tal vez ha aprendido que todo libro es autosuficiente y que a la larga él mismo facilita las explicaciones que se necesitan para entenderlo.” Escritos con la lentitud del orfebre, los cuentos de Grieta de fatiga piden una masticación igualmente lenta y meticulosa para decantar sus varios sustratos semánticos.

Grieta de fatiga
Fabio Morábito
Cuentos
Cadencia Literaria 
Edición argentina

30.6.12

La soledad del Che Guevara

"La ganancia política para el lector de esta novela,  está en reconocer el lado humano, profundamente humano, y de fracasos, de una  icónica figura histórica,  de un idealismo revolucionario extremo, cargada de heroísmo, y necesidad de cambio profundo"
Ernesto Guevara de la Serna, también llamado El Che. foto:archivo. fuente:elespectador.com
Portada Método práctico de la guerrilla, de Marcelo Ferroni.


 Cuando leí el título de esta novela, ópera prima de Marcelo Ferroni, escritor brasileño, me llamó muchísimo la atención la escogencia del nombre, porque en estos tiempos difíciles de auge y plena derechización del mundo capitalista y planetario, donde el discurso político del Che, se ha asimilado, ya no como una guía para la acción armada, sino en una creciente nostalgización de su ideal idílico del llamado Hombre Nuevo en la Revolución, que está registrado desde las camisetas con su efigie, que usan los  jóvenes roqueros como conspicuos ejecutivos y nada pasa… También comprendí que el autor lo que quiso hacer desde el título,  fue ironizar con la gesta subversiva,  y sobre todo, con el método práctico de la guerrilla, que el propio Che entronizó como un manual de insurrección. Empezaban los tiempos de las sistematizaciones con las instrucciones político-militares para hacer la revolución.
Pero de esto no trata la novela. El autor Ferroni, se vale y se concentra con una documentación exhaustiva, para contarnos, con esos testimonios históricos,  las minucias domésticas, de todos los personajes/personas, profundamente humanas en un tono de suspenso acumulativo, con una prosa funcional y directa, sin ampulosidades de verbo ni florituras con el lenguaje, (cabe destacar aquí que es una traducción del portugués brasilero, hecho  en un español, donde nos disuena bastante a nosotros lectores latinoamericanos, el vaís o el vosotros, pero el texto no contiene tanto y se deja leer bien en este aspecto del regionalismo que sufre la lengua del castellano-español)  los últimos combates de la travesía  de Ernesto Guevara de la Serna también llamado El Che, por llevar a cabo su proyecto político-revolucionario de la revolución continental desde el frio altiplano boliviano.
El personaje histórico es reconstruido, en una especie de collage especial, de rompecabezas, de puzzle de comentarios con la indagación desde los diversos testimonios directos de los involucrados en sus días finales.
 El Comandante tiene que vérselas, y sufrirlas  todas, en soledad, asmático, malhablado y grosero siempre autoritario con todos sus subalternos; con una desorganización de cuadros, donde cada uno de estos  guerrilleros, quería figurar, pues la cercanía con el personaje,  ya de por sí célebre entonces y de ascendiente famoso, le daban un cariz icónico y de hito histórico, pues, al fin la cuadrilla de la guerrilla guevarista estaba tratando, o trataba de crear:  uno, dos, tres Vietnams, en  Latinoamérica,  para prender  la chispa que nunca encendería la pradera de la revolución continental, para así dar al traste con el imperialismo norteamericano opresor, la explotación capitalista, y la lucha de clases. Pero este objetivo revolucionario guevarista, se va acumulando de imposibles en la situación concreta, que no se sabía en qué  momento ni bajo qué fuerzas adversas. O sí las había:  eran de índole personalista, de malos entendidos de los burócratas del PC boliviano; la figura mítica de  Mario Monje desdice muchísimo aquí de su función colaboradora de esta gesta; de unos mismos cuadros dirigentes, ansiosos de figuración ideológica- recuérdese que estamos, dentro del contexto histórico de la época, con varias líneas ideológicas, y esos cuadros no estaban ajenos a seguirlas: línea Pekín, línea, Moscú, etcétera- que desean realizar un cambio profundo en  la estructura social, pero no estaban con las condiciones sociales plenas para desarrollar una insurrección popular, al estilo del foquismo cubano, creación  original fidelista de esa combinación de todas las formas de lucha revolucionaria.
En la medida del desarrollo del relato con toda la minucia de las mezquindades humanas de todos los personajes/personas de la gesta del fracaso guevarista de su método de la guerrilla. El personaje central/persona, El Comandante como suele ser llamado durante la narración, queda siempre en un trasfondo oscuro y de opacidad histórica para que el lector, vaya haciendo un distanciamiento brechtiano; llamémoslo, con esos días aciagos, “días negros” escribe el propio Che en su diario.
Todos los pasos malhadados de todos los personajes/personas, en llevar la contraria con sus decisiones, por cotidianas o simples, van creando el llamado efecto mariposa, para ir empeorando las actividades de la gesta revolucionaria guevarista. La misma postura orgullosa y soberbia del Comandante, que siempre se muestra ausente, y ajeno, sintomático de su última aventura africana de otro fracaso revolucionario, ayudan a ese final trágico. Donde la claridad por cambiar las cosas, o el estado de esas cosas se hacía sin chitar pero de mal en peor…
 Tania, que asimila y milita claramente con el discurso de la revolución, y su transformación social pero cuyo accionar desde su género también fracasa en un posible amor de verano revolucionario hacia el Che. Habría que recordar aquí el ascendiente que el propio Che tenía hacia la contraparte de las féminas.
El personaje Joáo Batista, el joven “burgues” brasileño va creciendo en importancia dramática dentro del relato. Habría que señalarlo si es porque el autor quiere que un personaje de su nacionalidad, tenga un brillo especial en su relato ficcional de la gesta revolucionaria del Che Guevara. Yo me digo que era posible, en esos tiempos de ideales plenos de construir la Utopía de la Revolución.
 La ganancia política para el lector de esta novela,  está en reconocer el lado humano, profundamente humano, y de fracasos, de una  icónica figura histórica,  de un idealismo revolucionario extremo, cargada de heroísmo, y necesidad de cambio profundo, que asimilo individualmente la divisa marxista  del internacionalismo proletario, llevada en la práctica social hasta sus últimas consecuencias.
Esta  novela trata de esto y su fracaso humano también.
Método práctico de la guerrilla
Marcelo Ferroni
Traducción de Roser Vilagrassa
Alfaguara
232 páginas

26.6.12

El mundo del espectáculo



Rating, del venezolano Alberto Barrera Tyszka, utiliza la televisión para narrar sobre relaciones humanas
Portada de Rating, de Alberto Barrera Tyszka. foto:internet. fuente: Revista Ñ
Alberto Barrera Tyszka. Además de escritor, es periodista y columnista de El Nacional.foto.fuente: Revista Ñ
Venezuela no es un país conocido por exportar novelas, pero el siglo XX lo ha dotado con un género de mayor alcance en nuestro continente: la telenovela. Sin embargo, en los útlimos años el imperio de las lágrimas televisadas fue languideciendo y el centro del mercado latinoamericano lo conquistó Colombia, por razones que nos exceden. Carolina Acosta-Alzuru, estudiosa del tema, apuntó en una entrevista: “La telenovela venezolana en mi opinión tiene que volver a hablarnos a los venezolanos primero y recuperarnos como público. El mercado internacional vendrá después, y sólo si tenemos una estrategia de mercadeo más eficiente y honesta. Es clave que nuestra industria telenovelera nunca subestime la inteligencia del público y luche contra la fuerte tendencia de la cultura popular a repetirse a sí misma”. Y ahora que esta expresión de lo popular empieza a ser en Venezuela un archivo, un recuerdo de décadas anteriores, puede llegar una novela como Rating que la arrebate como tema y la intervenga desde los mecanismos de la literatura.
En apariencia, la de Alberto Barrera Tyszka es una novela sobre el funcionamiento de la televisión y la industria del espectáculo. No está escrita desde Guy Debord, ni desde Buadrillard, ni desde Pierre Bourdieu, ni desde Marshal McLuhan; tiene un sesgo teórico más personal y fracturado, esparcido en pequeñas “historias de vida”, y es más bien un relato que usa a la televisión para narrar las relaciones humanas. Vamos a la trama, bien rápido: uno de los principales canales de aire venezolanos viene en franca decadencia, y a un gerente casi retirado se le ocurre una idea epifánica, que redimirá las finanzas de la empresa: montar un reality show con indigentes. Para darle forma recurren a Manuel Izquierdo, un viejo guionista de telenovelas, resentido y de vuelta de todo. El contrapunto de aquel personaje es Pablo, un joven aspirante a poeta que arranca en el mundo de los medios y lo tiene todo por aprender. El hombre que ya vivió mil batallas y el joven entusiasta, una vieja fórmula. A partir de las charlas que tienen los dos guionistas, el libro repasa la estructura y la identidad de la televisión venezolana bajo la recapitulación de telenovelas exitosas, y finalmente lo que le está enseñando Izquierdo a Pablo es cómo narrar las emociones, extremándolas, manipulándolas.
El libro está codificado bajo una forma narrativa que funciona. Un capítulo es narrado por Pablo, otro por Izquierdo y otro por un narrador omnisciente. A medida que avanza la historia, las voces narrativas aparecen en un mismo capítulo, hasta casi juntarse del todo. La técnica sirve para ofrecer distintas versiones de una misma escena, y la narración puede navegar por la conciencia de los personajes con total libertad. La contratapa de esta edición consigna, por lo demás, que el personaje central, el del guionista de telenovelas, se ha vuelto “cínico y descreído”. Es cierto, pero la adjetivación quizá sea un poco desmedida. A diferencia de novelas de un talante parangonable (y del mismo sello), como Recursos humanos de Antonio Ortuño o Lodo, de Guillermo Fadanelli, la acidez del personaje es más bien suave. Lo mismo sucede con el tópico del reality con indigentes: podría ser una plataforma para lo escabroso y lo perverso, de donde saldría, felizmente, una buena novela oscura, pero lo “políticamente incorrecto” se diluye y la idea pasa, si se quiere, a un segundo plano. Quizás, entonces, no haya que leer este libro como una novela sobre la identidad venezolana, ni sobre la industria del espectáculo, ni sobre el mundo del trabajo, sino como una novela más sobre las relaciones entre hombres y mujeres.
Coda: A quien le queden dudas, en este enlace puede ver una charla del autor sobre el melodrama, titulada "Cómo morir de amor". Es tan divertida como la novela.

4.6.12

Playa tomada


Mientras el negocio del turismo se expande, sus raíces se hunden cada vez más en las miserias del capitalismo: mientras el lavado de dinero alza castillos frente al mar, la oferta adopta formas cada vez más extremas para atraer a una población más insatisfecha
Juan Villoro, escritor mexicano, autor de Arrecife.foto.fuente:pagina12.com.ar
En un escenario así, un complejo llamado La Pirámide, donde se ofrecen peligros controlados para turistas en busca de los placeres del miedo, Juan Villoro ambienta Arrecife, un policial atravesado por la violencia, el tráfico de drogas, el cambio climático y los residuos de la contracultura, cuyo enigma deviene una reflexión sobre la memoria, el continente y las traiciones.
UNO Siempre me intrigó –mejor dicho: siempre me desilusionó– el que en las playas ondearan banderines y banderas advirtiendo de la conducta psicótica y bipolar de las aguas, de sus peligros ciertos y mansedumbres engañosas pero que, además, no existiese un sistema de señales similar para advertir de los riesgos y amenazas acechando ahí al lado, en la supuesta tierra firme, en las arenas eternamente movedizas. Porque, después de todo, qué es lo que te puede ocurrir entre las olas: ¿perder el traje de baño?, ¿que te pique una medusa?, ¿no poder salir del agua por un rato hasta que remita una inoportuna pero acaso justificada erección?, ¿realizar, con cierta retroinfantil culpa y regocijo, una o dos funciones corporales?, ¿que un tiburón te arranque una pierna?, ¿sufrir un calambre y ahogarte? Poca cosa, escasas posibilidades narrativas, casi microrrelatos.
En la playa, en cambio, sucede de todo. Infinitas tramas. En la playa no sólo te quemás las plantas de los pies. O te roban el reloj o tu hijo te entierra vivo. O te estafan en un bar. O se aplaude para avisar que un hijo de otro se ha perdido. O se comprende de una buena vez –en la prisión del aire libre, a la vista de todos y de todas– qué era eso de la propia decadencia física. En la playa es donde se oye más fuerte y más claro el opiáceo canto de las sirenas. En la playa puede achicharrarse tu piel por falta de protección solar, pero, al mismo tiempo, puede arder tu cerebro y tu corazón hasta consumirse. En la playa es donde la amplitud del horizonte incita a tener visiones. En la playa no hay límites.
¿Por qué, entonces, hay salvavidas que te arrancan del abrazo traicionero de las corrientes marinas y no salvavidas que se acerquen a uno y le expliquen por qué que es mejor no aceptar la invitación a cenar de esa pareja de noruegos platinados del bungalow Nº 5? Y levante la mano quien, real y simbólicamente, no haya tirado la toalla y sacado ampollas y sentido, en una playa, que se acabó el amor y empezó el odio para de inmediato, insolado, tomar una de esas decisiones que, más que tomarse, se devoran para que, enseguida, te devoren.
Sí, la playa es el lugar del que surgimos hace milenios y el lugar al que volvemos para que esparzan nuestras cenizas.
La playa –y no el espacio– es la verdadera última frontera que no deja de expandirse.
Así, no creerle nunca a esos carteles que rezan “Fin de playa” porque –podemos verlo– la playa sigue y sigue y, como se advierte en esos mapas antiguos de la conquista, “Más allá hay monstruos”.
Y más acá también.
DOS Así, un rápido paseo por las playas de mi biblioteca me descubre de nuevo que no hay territorio más fértil para construir los sólidos castillos de arena de la ficción. A ver, rápida carrera hasta la orilla: las playas fatales de El extranjero, de Albert Camus, y de Esta casa en llamas, de William Styron, y de El mago, de John Fowles, y de Los nombres, de Don DeLillo, y de El tercer Reich, de Roberto Bolaño. Las playas iniciáticas de David Copperfield, de Charles Dickens, y de El señor de las moscas, de William Golding. Las playas para outsiders absolutos de Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, y de (porque el desierto no es otra cosa que una playa infinita, pero inconclusa) El cielo protector, de Paul Bowles. Las playas aventureras de Julio Verne y Emilio Salgari y Alejandro Dumas. Las playas crepusculares de El mar, el mar, de Murdoch, y de El mar, de John Banville. Las playas findemundistas de La invención de Morel y “El gran Serafín”, de Adolfo Bioy Casares, y de Fiskadoro, de Denis Johnson. La playa al final de “Adiós, hermano mío”, de John Cheever, y la playa al final de Seymour Glass en “Un día perfecto para el pez banana”, de Jerome David Salinger. La playa que abre Tierna es la noche, de Francis Scott Fitzgerald, y la playa en el centro de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust y la playa que cierra Muerte en Venecia, de Thomas Mann. O la playa como especie a diseccionar en La vida descalzo, de Alan Pauls. Mismo impulso para playas de mi cinemateca privada. La playa hacia la que cabalga un iluminado vestido de blanco en Lawrence de Arabia. La playa diurna de Verano del 42 y la playa nocturna con esos cangrejos gigantes y telepáticos marca Roger Corman. La playa en la que se sienta Barton Fink con una caja que no sabemos qué contiene, pero seguro que no contiene nada bueno. La playa a la que se fugan del colegio los jóvenes enamorados de Melody. La playa matutina perfumada con napalm para los surfistas de Apocalypse Now!. La playa desde la que huye (en la película y no en la novela) Yossarian en Catch-22. La playa de Los 400 golpes desde la que nos mira Antoine Doinel con ojos de comprenderlo todo de golpe, y la playa en la que el Marcello de La dolce vita no escucha nada de lo que le explica un niño, y la playa de El planeta de los simios, con un Chartlon Heston de rodillas y desconsolado frente a los restos de la Estatua de la Libertad y reprochándose íntimamente con un cómo no me di cuenta antes. Podría seguir y seguir caminando y –nunca mejor dicho– explayarme en músicas y pinturas (ejemplo: ese pequeño cuadro que pintó en una playa Pablo Picasso a los siete años y que, inmovilizando aquello que nunca se detiene, una humilde ola habla ya de la justificada y precoz soberbia de un genio), pero mejor detenerme aquí antes de que amanezca. Y tan sólo agregar que, a partir de ahora, en el tormentoso Caribe mexicano, la piramidal playa de Arrecife, de Juan Villoro, se une a todas esas playas que, como bien sospechaban ustedes, aunque tengan distinto nombre, son siempre la misma playa.
TRES Y Arrecife es un thriller, por lo que –por razones obvias y respeto a los que aún no se han asoleado en sus médanos– no abundaré aquí en su argumento y mareantes giros y sorpresas. Pero sí precisaré que –de un modo u otro, como todas las novelas anteriores de Juan Villoro– Arrecife es un thriller existencial.
Es decir: un thriller lejos del orden mecánico de victorianas mansiones con cadáveres en el jardín o apartado de tipos duros que andan ahí besando rubias y subiéndose el cuello de sus gabardinas marca noir. Arrecife es un thriller que se inscribe dentro del riguroso caos del policial típicamente latinoamericano, pero –diferencia ineludible y notable– sin por eso dejar de comulgar directamente con esas grandes novelas criminales cuya ecuación sería amistad + traición = desilusión y epifanía. El aria del que brotan admirables variaciones como La llave de cristal, de Hammett, El largo adiós, de Chandler, y El último buen beso, de Crumley –es, claro, El gran Gatsby, de Fitzgerald. Y ya saben: todas ellas, como Arrecife, son novelas pertenecientes al género que, a falta de mejor nombre, cabe bautizarse como Género del Otro. Novelas en las que el otro no puede dejar de ser observado por el uno. Y, por supuesto, últimos tramos con largas conversaciones en las que los cómplices descubren que son rivales, que nunca hay inocentes del todo, y donde abundan tipos perdidos –mirando fijo a tipos más perdidos todavía– con la secreta esperanza de encontrar algo que los haga sentirse un poco menos extraviados en el tejido de sus vidas.
Buena suerte, mucha buena suerte, van a necesitarla.
CUATRO Y Juan Villoro –en la primerísima primera persona del singularísimo “héroe” y narrador, el ex mex-rocker y desmemoriado musicalizador de acuarios Tony Góngora; para el que Mario Müller es una cruza de Jay Gatz fitzgeraldiano, Paul Madvig hammettesco, Terry Lennox chandleriano y Abraham Traherne crumleyesco– ya nos los advierte en las primeras páginas, cosa de que después no digamos que no nos avisó.
“Todos estábamos ahí porque algo se había jodido en otra parte”, leemos allí.
Pocos metros después, las cosas también se joden en La pirámide, porque aparece un cadáver atravesado por un arpón. Y ahí, a su alrededor, en el resort de nombre La Pirámide –un sitio, como nos anuncia el tan geográfico como lírico título de la novela, donde todos han encallado o se han dejado encallar– se reúne un elenco que recuerda a una versión freak y casi apocalíptica del juego de mesa policial Cluedo o una pandilla con la que podrían hacer maravillas los hermanos Coen.
Es decir –voy a decirlo– leer Arrecife es muy divertido; porque Arrecife, dentro de la ya espaciosa obra de Villoro, es un divertimento en el mejor sentido de la palabra.
Es decir, de nuevo: Arrecife es la que Graham Greene definía como divertimento a la hora de referirse a obras maestras en serio como la novela El factor humano o la novelization a partir del guión para El tercer hombre.
Sépanlo: en Arrecife hay sexo y drogas y rock’n’roll y sangre y arena.
Y pasan muchas cosas.
Arrecife Juan Villoro Anagrama 240 páginas
Y pasan las páginas y no pueden dejar de pasarse.
Argentino después de todo, voy a arriesgar una interpretación lo más psicoanalítica posible, considerando que soy uno de los contados argentinos que no creen demasiado en el psicoanálisis y que nunca se psicoanalizaron: leyendo Arrecife es como si yo hubiera sentido la calma y el relajo y las ganas de pasarla bien de Villoro sin la obligación o necesidad de estar escribiendo la Gran Novela Mexicana Contemporánea (porque ya había rendido exitosamente esa asignatura con El testigo) y su sola intención fuera la de escribir como quien lee: un Villoro preguntándose con una sonrisa qué irá a pasar ahora, qué pasará después.
Y de haberme psicoanalizado argentinamente, no habría faltado el profesional que diagnosticara mi manía referencial. Para bien o para mal, esa función fue cumplida con entusiasmo por críticos literarios (generalmente argentinos) y, aviso, es una manía que no me interesa superar. Y, a todos los invocados más arriba, voy a agregar dos nombres más que me parecen claves a la hora del trazado de Arrecife: Patricia Highsmith y J. G. Ballard.
De la primera, esa delgada línea que separa a la inocencia del crimen y la culpa como combustible zombi y bebida energética cafeína-electrolítica. Del segundo, la obsesión por los paisajes terminales y la manipulación de las emociones en las variaciones sin fecha de vencimiento de esos ambientes envasados al vacío y en, ah, esa chica que hace el amor con el televisor encendido y emitiendo videos de cirugías plásticas que bien podría haberse escapado de ese otro resort de Noches de cocaína.
Y, claro, ese regocijo de Highsmith & Ballard por ir orquestando, nota a nota, grano de arena a grano de arena, la melodía entrópica del desastre por el sólo placer de, sí, ser testigo de ese desastre. Leemos a la en más de un momento alucinada y alucinatoria Arrecife –como leemos a Highsmith y a Ballard– con esa sensación de inquietante y seria comicidad que nos provoca el espanto contemplado justo desde el lugar en que el sueño que comienza a ser ahogado por la marea creciente de la pesadilla. Y, claro, no demoramos en descubrir que estamos despiertos, que tenemos los ojos bien abiertos, y que no podemos cerrarlos.
Pero hablemos ahora de Villoro; porque Arrecife –donde, turismo desventura más que turismo aventura, dar y tener miedo es parte del programa de actividades recreacionales de La Pirámide, donde se equaliza sin dificultad el latido de sanguíneos y sangrantes ritos precolombinos– es una novela inequívocamente villoriana en la que el ADN y las constantes vitales de su autor son fácilmente identificadas y reconocidas desde la primera línea.
A saber, a la hora del identikit del sospechoso, rasgos personales:
a) Diálogos de una naturalidad que siempre me despertaron una, espero, saludable envidia. Siempre pensé que Villoro, junto con Alberto Fuguet, es el gran dialogador de la literatura latinoamericana de aquí y ahora.
b) Y Villoro –a solas– es el gran descriptor de escenas de sexo de la literatura latinoamericana de aquí y ahora. Y punto. Y aparte.
c) Villorianas preguntas sin respuesta, pero que funcionan como rotundas afirmaciones. Porque Villoro es uno de lo mejores “preguntadores” que conozco. Apenas un ejemplo, en la página 24, de Arrecife donde se lee: “¿Habrá un registro de hijos con madres que jamás lloraron?”. Y la respuesta es, claro, si no lo hay, que lo creen ahorita mismo. No, mejor que lo creen no ahorita sino ahora mismo. Porque ahorita nunca llega. E insisto con Vietnam –porque hay Vietnam en Arrecife– y me permito imaginar una versión del ya mencionado film de Francis Ford Coppola retitulado Apocalipsis Ahorita, donde Willard todavía está haciendo morisquetas masturbatorias frente al espejo de una habitación en Saigón y Kurtz muy bien, gracias. “Ahorita salgo a matarlo”, dice Willard. Y mañana nunca se sabe, falta tanto para mañana...
d) Lo anterior me lleva a la particular percepción del tiempo de los mexicanos. A esa elasticidad de horas en días es uno de los rasgos distintivos de Arrecife, donde todo parece transcurrir en la más vertiginosa de las cámaras lentas y los acontecimientos no dejan de precipitarse, pero –atención– caen y caen y siguen cayendo sin nunca tocar fondo del todo. Y al talento de Villoro no para comprender a México, pero sí para intentar comprenderlo con esa mirada de rayos V. Mirada que lo ha convertido en uno de los más grandes radiógrafos (forma excelsa y poco frecuente del cada vez más abundante cronista), en el gran retratista de su tembloroso país y de lo que lo rodea, ya sea un terremoto chileno o un mundial de fútbol. Una muestra: “México es un país de ilusiones gigantescas. El desastre contemporáneo se mitiga con proyectos desmedidos”. Otra: “Inglaterra había pasado de ser el país con la peor cocina del mundo a explorar gastronomías exóticas con el apetito indagatorio de una estirpe de náufragos y piratas”. Y otra que, pienso, encierra y sintetiza “el tema” de Arrecife: “Los lugares apartados existen para decir cosas que en otro sitio carecen de sentido”. Y, se sabe, muchas veces decir es la breve antesala o vestuario del hacer. O del deshacer. Y tantas cosas se deshacen en ese “otro sitio” donde transcurre y discurre Arrecife.
e) El destello inquietante quebrando con un relámpago de fiebre la supuestamente plácida realidad. Hay mucho de espejismo verdadero en Arrecife y, por elegir una visión, me quedo con ese momento de hielo en la página 46 donde –como si Roman Polanski y David Lynch nos respiraran en la nuca– leemos: “Una tarde, al pasar junto a un cuarto, la puerta se abrió apenas. Arrojaron una cabeza de muñeca al pasillo. En La Pirámide no se admitían niños. Vi los ojos con largas pestañas sedosas de la cabeza decapitada. No la recogí por temor a que oliera mal, estuviera embarrada de algo repugnante o me diera mala suerte”.
f) La definición tan demencial como instantáneamente irrebatible y citable. A partir de ahora, para mí, Jaco Pastorius –crucificado a patadas a la salida de una discoteca, si mal no recuerdo– no podrá ser para mí otra cosa que “el Jesucristo del bajo eléctrico”, así como ya jamás dudaré de que “el yoga era lo que los grupos de rock hacían cuando el éxito los aburría” o de eso otro en cuanto a que “muy pocos bajistas logran el tono de ‘barco amarrado en el muelle’”, sea eso lo que sea.
g) “En este país fracasar en un trabajo sirve para que te den otro trabajo”, leemos en la página 205 de Arrecife y, sí, aquí –como en novelas anteriores y numerosos relatos– Villoro vuelve a poner en juego otra de sus especialidades: la obsesiva descripción de oficios y trabajos varios.
h) Numerosas esquirlas de cultura popular, por supuesto. Y a título personal declaro aquí que agradezco el detalle de que Villoro –al que me unen muchos gustos, pero nos separa una herida que jamás cicatrizará– proyecte en Arrecife la sombra subterránea y aterciopelada de la Velvet Underground y no vuelva meterse, como en El testigo, de tan mala manera, como en la jungla de un patio de colegio y aún en los momentos más tranquilos, con ese hermano tonto, pero tan entrañable y servicial de Steely Dan que es mi querido Supertramp. Gracias, Juan, de verdad.
CINCO Una de las tantas maneras de dividir en dos a todo el género humano es la de por un lado están los que aman a la playa y por otro los que la odian. Pero podría asegurar que unos y otros disfrutarán con la lectura de Arrecife teniendo bien en claro que disfrutar –al igual que el adjetivo interesante en aquella implacable maldición china– es un verbo más bien ambiguo y polimorfo y perverso.
Y acabo de mencionar de nuevo a El testigo y, para terminar, se me ocurre que en ella hay un hombre que sólo piensa en volver a casa mientras que en Arrecife hay un hombre que intenta, por todos los medios, no pensar que hay una casa donde volver.
Aun así, y no creo estar contando el final, en las últimas líneas el protagonista se “despierta” con la comprensión del enigma. Y, otra vez dueño de sus recuerdos, se pone en movimiento como quien sale del hechizo en trance de un cuento más de brujos que de hadas. Y, por fin –el amnésico por necesidad como gran metáfora del homo latinoamericano– se propone dejar atrás ese puro presente de playa tomada, empacar su pasado y partir para hacia el futuro para, por fin, sin miedo a recordar, vivir un poco. O para, al menos, intentar seguir viviendo; pero sin poder olvidar ya nunca que –como no dice el dicho, pero sí dice Arrecife– la vida fue y es y siempre será una playa que fluye.
Este texto fue leído durante la presentación de Arrecife en la librería La Central de Barcelona, en abril de este año.

19.5.12

La huida


Gao Xingjian

Obra dramática en dos actos.

Tres personajes, que en el encierro; después de la matanza,  discuten la imposibilidad de la democracia y vivir en una dictadura que ha truncado con sangre el ideal de libertad.
Reseña
En un almacén,  que está en ruinas y a oscuras, se refugian; al principio del drama, una pareja de jóvenes. Entran allí, escondiéndose de la matanza que acaba de suceder, angustiados  por los tanques y de los tiros en las calles aledañas, que aún oyen y se suceden con incesante frecuencia. En algún momento perciben un mal olor, y tratando de ver, en la penumbra, ella al palparse su ropa está manchada de sangre y piensa que está herida, se angustia; el joven la tranquiliza y ella recuerda,  que una mujer cayó a su lado, cuando comenzaron los disparos de las ametralladoras y ella huyó entonces confusa a refugiarse junto al joven que la rescata. La joven decide desvestirse y permanece así.
La puerta se abre y entra alguien. La pareja discute que debe ser un ladrón. Pero,  quién podría a esas horas, y entre disparos incesantes ocuparse de robar. Entra un hombre maduro que viene huyendo.
El hombre se integra al drama, porque  decidió huir también de su casa, dejando a su familia, no quería ser ubicado por las mismas fuerzas represivas del orden establecido, que tarde o temprano decidirían ir tras él. Entre el hombre y el joven durante el encierro, entablan duras discusiones respecto de lo ideológico y el estado de las cosas en lo político de la situación general, de la necesidad de libertad que ha propiciado la gran manifestación de estudiantes como de hombres, mujeres  y niños que fue reprimida bajo  el tableteo de fuego incesante de las ametralladoras. El  hombre mantiene una postura cínica y descreída y de desilusión frente a los jóvenes cargados de idealismo y entusiasmo de héroes, como de anhelos que tienen una visión individual optimista y esperanzada por cambiar el mundo y  ese estado de las cosas de la política por propiciar una democracia. La discusión sigue encendida respecto de sus propios intereses particulares y de compromiso colectivo por seguir la búsqueda de  la libertad y la democracia. El hombre carga un encendedor para prender sus cigarrillos para fumar de tanto en tanto, con el que también  ilumina a destellos la penumbra del lugar donde están  encerrados y refugiados.
El joven, de pronto decide salir de allí, porque  desde afuera  ya no se oye el tropel de soldados y han cesado los estallidos. De pronto se oyen  disparos muy cerca de la puerta.
La joven se vuelve histérica  acusando al hombre de haberlo matado por su culpa al salir de primero. Y ella, la joven decide quedarse mientras el hombre musita sólo una angustiosa desesperación. Deciden quedarse. Allí refugiados.
El hombre y la  joven mujer  conversan de los roles de género. Hablan sobre el amor. Se les despierta un repentino erotismo y terminan haciendo el amor.
Mientras tanto en el piso del lugar comienza a salir agua turbia.
Después llega el joven.  Cuenta que los soldados y los tanques siguen vigilantes en los alrededores de la plaza.  Que cuando salía los soldados mataron un perro a tiros. Y él se escondió. Observa y se percata que ha sucedido, algo más, entre el hombre y la joven. Este le recrimina a la joven su comportamiento relajado. Ella le dice que ella es dueña de sus actos como de su cuerpo. Lo acusa de machista. El joven se derrumba en llanto. Quiere salir de allí. Está desengañado de la joven.
Comienza amanecer
El hombre, empieza a vestirse mientras se pone en la boca  un cigarrillo. La joven se acerca, se los quita y los daña y los termina de botar al piso anegado de agua turbia. El joven está cabizbajo. La joven exclama, qué desierto…
Sobre la puerta empiezan a oírse los culatazos del tropel de los soldados mientras afuera sigue oyéndose los estallidos de los disparos…
El agua adquiere un tono rojo.

La huida
Gao Xingjian
Ediciones El Milagro 
208 páginas